Poetas Norteamericanos

S - T

Carl Sandburg

(1878 - 1967)

CHICAGO

Carnicería de chanchos para el mundo,
fabricante de herramientas, acopiadora de trigo,
jugadora con ferrocarriles y transportadora de cargas de la nación;
tormentosa, ronca, peleadora,
ciudad de las anchas espaldas;
me cuentan que eres viciosa y les creo porque he visto a tus
mujeres pintadas bajo los faroles de gas atrayendo a los
peoncitos de las granjas.
Y me dicen que eres deshonesta y les contesto: sí, es cierto, he
visto al pistolero matar y salir en libertad para seguir matando.
Y me dicen que eres brutal y mi respuesta es: en las caras de
mujeres y niños he visto las huellas de hambre injustificable.
Y habiendo contestado así me vuelvo una vez más hacia aquellos
que desprecian a esta ciudad mía y les devuelvo el desprecio y les digo:
vengan a mostrarme otra ciudad con la cabeza erguida y que
cante tan orgullosa de estar viva y ser tosca y fuerte y astuta.
Lanzando maldiciones magnéticas en medio de la faena de acumular
trabajos, he aquí un tipo alto y que pega fuerte,
destacándose contra las pequeñas ciudades debiluchas;
feroz como un perro con la lengua afuera y ávido de acción,
astuto como un salvaje enfrentando con la espesura,
con la cabeza desnuda,
peleando,
volteando,
planeando,
construyendo, rompiendo, reconstruyendo,
en medio del humo, toda la boca cubierta de polvo, riéndose
con blancos dientes,
bajo la tremenda carga del destino riéndose como se ríe un muchacho,
riéndose incluso como un luchador ignorante que jamás ha perdido
una pelea se ríe,
jactándose y riendo porque bajo su muñeca está el pulso y bajo
sus costillas el corazón del pueblo,
riéndose con la tormentosa, ronca y alborotadora risa de la juventud,
semidesnuda, sudorosa, orgullosa de ser carnicera de
chanchos, fabricante de herramientas, acopiadora de trigo,
jugadora con ferrocarriles y transportadora de cargas de la nación.




Wallace Stevens

(1879 - 1955)

TRECE MANERAS DE MIRAR UN MIRLO

I

Entre veinte montes nevados
la única cosa en movimiento
era el ojo de un mirlo.

II

Yo tenía tres modos de pensar,
como un árbol
en que hay tres mirlos.

III

El mirlo giraba en los vientos de otoño.
Era una pequeña parte de la pantomima.

IV

Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre, una mujer y un mirlo
son uno

V

No sé qué preferir,
si la belleza de las inflexiones
la belleza de las insinuaciones
el mirlo cuando silba
o cuando acaba de hacerlo.

VI

Los carámbanos cubrían la ancha ventana
con bárbaro cristal.
La sombra del mirlo
la atravesaba, de acá para allá.
El ánimo
trazó en la sombra
una causa indescifrable.

VII

Oh enjutos hombres de Haddam,
¿por qué imagináis pájaros de oro?
¿no veis cómo el mirlo
anda cerca de los pies
de las mujeres que tenéis alrededor?

VIII

Sé de nobles acentos
y ritmos inevitables y lúcidos;
pero sé, también,
que el mirlo interviene
en lo que sé.

IX

Cuando el mirlo se perdió de vista volando
marcó el borde
de uno entre muchos círculos.

X

A la vista de mirlos
volando en una luz verde,
hasta las celestinas de la eufonía
lanzarían gritos agudos.

XI

Viajaba por Connecticut
en un coche de vidrio.
En un momento dado un temor lo electrizó,
cuando confundió
la sombra de su equipaje
con mirlos.

XII

El río fluye.
El mirlo debe estar volando.

XIII

Anocheció toda la tarde
estaba nevando
e iba a seguir nevando.
El mirlo se posaba
en las ramas de cedro.

DOMINGO POR LA MAÑANA

VI


¿No hay cambio de muerte, en el paraíso?
¿La fruta madura no cae jamás? ¿O acaso las ramas
lucen siempre cargadas en ese cielo perfecto,
sin mudanza, pero tan semejante a nuestra efímera tierra,
con ríos como los nuestros en busca de mares
que nunca encuentran, las mismas playas
que tocan con inarticulado dolor?
¿Por qué poner la pera en esas riberas
o perfumar las playas con aroma de ciruela?
¡Ah, que ellos debieran llevar nuestros colores allí,
los tejidos sedosos de nuestras tardes
y pellizcar las cuerdas de nuestros insípidos laúdes!
La muerte es la madre de la belleza, mística,
en cuyo seno ardiente ideamos
a nuestras madres terrenales que nos esperan, insomnes.

DE LA POESÍA MODERNA

El poema de la mente en el acto de hallar
lo que será suficiente. No siempre ha tenido
que hallar: el escenario estaba puesto. Repetía
lo que estaba en el libreto.
Luego el teatro fue convertido
en otra cosa. Su pasado era un recuerdo.

Tiene que estar vivo, que aprender el habla del lugar.
Tiene que hacer frente a los hombres de la época y que tratar
con las mujeres de la época. Tiene que pensar en la guerra
y tiene que hallar lo que sea suficiente. Tiene
que construir un nuevo tablado. Tiene que estar sobre ese tablado
y, como un actor insaciable, lentamente y
con deliberación, decir palabras que en el oído,
en el oído más delicado de la mente, repitan
exactamente aquello que ella quiere oír, ante cuyo sonido
un auditorio invisible escucha,
en vez de la pieza, a sí mismo, expresando
en una emoción como de dos personas, como de dos
emociones que se tornan una. El actor es
un metafísico en la oscuridad, tañendo
un instrumento, tañendo una cuerda tensa que produce
sonidos pasando a través de súbitas rectitudes, del todo
abarcando a la mente, bajo la cual no puede descender,
más allá de la cual no tiene voluntad para remontarse.
Debe
ser el hallazgo de una satisfacción y puede
ser la de un hombre patinando, una mujer danzando, una mujer
peinándose. El poema del acto de la mente.

HOMBRE Y BOTELLA

La mente es el gran poema invernal, el hombre,
quien, para hallar lo que bastará,
destruye románticos alojamientos
de rosa y hielo

en la tierra de guerra. Más que un hombre, es
un hombre con la furia de una raza de hombres,
una luz en el centro de muchas luces,
un hombre en el centro de los hombres.

Debe dejar contenta a la razón que concierne a la guerra,
debe persuadir de que la guerra es una parte de sí misma,
una manera de pensar, un modo
de destruir, según destruye la mente,

una aversión, según el mundo es apartado
de una vieja ilusión, un viejo asunto con el sol,
una aberración imposible con la luna,
una grosería de paz.

La nieve no es lo que la pluma, la página.
El poema azota más ferozmente que el viento
según la mente, para hallar lo que bastará, destruye
románticos alojamientos de rosa y hielo.