Poetas Norteamericanos

A - B

Conrad Aiken

(1889 - 1973)

LA MÚSICA QUE OÍ

La música que oí contigo fue mas que música
y el pan que partí contigo fue mas que pan.
Ahora que estoy sin ti todo esta desolado,
todo lo que fue tan bello se ha muerto.

Tus manos alguna vez tocaron esta mesa y estos cubiertos.
Y he visto tus dedos sostener este vaso.
Estas cosas no se acuerdan de ti, amada;
y sin embargo, tu contacto con ellas no desaparecerá.

Pues fue en mi corazón donde te movías entre ellas
y las bendecías con tus manos y tus ojos.
y en mi corazón te recordaran siempre:
una vez te conocieron, oh bella y discreta!

LA DISPUTA

De repente, tras la disputa, mientras aguardábamos,
desalentados, en silencio, desmudados, sin moverse
un párpado o un dedo, desesperados los dos, mas esperando
contra toda esperanza desdecir la palabra de ruptura;

mientras la quietud del cuarto se ahondaba, se ahondaba en torno nuestro,
y cada uno de nosotros se deslizaba por el camino de su pensamiento para descubrir
cómo, con tan poco ruido como el caer de una hoja,
la sombra había ciado y los amantes habían disputado.

Y mientras, en el silencio, me maravillaba -ay, ay-
por tu profunda belleza, tu belleza trágica, arrancada
como la pálida flor es arrancada por el gorrión travieso,
esta belleza, compadecida y amada, y ahora abjurada;

fue entonces que el instante se oscureció hasta el máximo,
que la fe estuvo perdida con la esperanza y la lluvia se conjuró
para hacer sonar sus alegres arpegios en las fibras de nuestros corazones,
cuando el amor ya no se atrevió y apenas si deseaba,

fue entonces que de repente, en el cuarto del vecino,
la música empezó; ese gallardo cuarteto de cuerdas
irrumpiendo desde la quietud, como desde nuestra quietud,
igual que el indomable corazón de la vida que canta.

Cuando todo está perdido; y al salir sobresaltados de nuestro pesar,
raptados de nuestra pena por esa pena divina,
levantamos la vista recordando, nos miramos,
cegados por lágrimas de júbilo; y otra hoja

cayó silenciosa como la primera; y en el instante
la sombra había desaparecido, nuestra disputa se hizo absurda;
y nos levantamos ante las voces angelicales de la música,
y yo toque tu mano y nos besamos, sin una palabra.

ENCUENTRO

¿Por qué te contemplo? ¿Por qué te toco? ¿Qué busco en ti,
mujer,
que he de apresurarme para estar contigo una vez más?
¿Por qué debo sondear nuevamente tu nada abisal
y extraer nada más que dolor?
Fijamente, fijamente miro tus ojos acuosos; pero no quedo más
convencido
ahora que alguna otra vez
de que sólo son dos espejos que reflejan la luz del
firmamento,
eso y nada más.
Y aprieto tu cuerpo contra tu cuerpo como si esperara abrirme
una brecha
directamente a otra esfera;
Y me esfuerzo por hablar contigo con palabras más allá de mi
palabra,
en las que todas las cosas son claras,
hasta que exhausto me hundo una vez más en tu nada abisal
y la fría nada de mí:
tú, riendo y llorando en este cuarto ridículo
con tu mano sobre mi rodilla;
llorando porque me crees perverso y desdichado; y riendo
por hallar nuestro amor tan extraño;
con la vista mutuamente clavada en una última esperanza,
ciega y desesperada,
de que el mundo entero cambie.

EL CUARTO

A través de esa ventana –estando extinguido todo lo demás,
salvo ella y yo- vi la lucha
de la tiniebla contra la tiniebla. Dentro del cuarto
dio vueltas y vueltas, y bajó en picada. Entonces vi
cómo el orden podría –si el caos lo deseaba- surgir;
y vi la tiniebla aplastarse sobra sí misma,
contrayéndose vigorosamente; era como si
se matara a sí misma, lentamente, y con mucho dolor.
Dolor. La escena era dolor y nada más que dolor.
¿Qué más, cuando el caos atrae todas las fuerzas a su interior
para modelar una sola hoja?. . .

Pues la hoja llegó,
sola y resplandeciente en el cuarto vacío;
tras un momento el vástago brotó hacia abajo de ella;
y del vástago, una rama; y luego el tronco,
pesado y tosco; y por último la sola raíz negra.
La raíz negra rajó las paredes. Las ramas reventaron la ventana:
el gran árbol tomó posesión.

¡Árbol de los árboles!
Recuerda (cuando llegue el momento) cómo el caos murió
para modelar la hoja resplandeciente. Vuélvete luego, ten coraje,
reúne brazos y raíces, que el pesar
te convulsione y de la forma haz resplandecer el caos.
Estaré observando entonces como observo ahora.
Alabaré la tiniebla ahora, pero entonces la hoja.




John Berryman

(1914 - 1972)

POEMA DE LA PELOTA

¿Y ahora qué, perdida su pelota,
qué, qué va a hacer el chiquilín? La vi irse
rebotando alegremente calle abajo y luego
pasar alegremente... ¡ahí al agua!
De nada vale decir: oh, si hay otras pelotas;
un fundamental pesar convulsivo paraliza al chico
que se yergue rígido, tembloroso, la vista baja
hacia todos sus pocos días de vida, caídos en la bahía
adonde fue a dar su pelota. No me gustaría importunarlo,
diez centavos y otra pelota no tienen sentido. Ahora
él se percata por primera vez de su responsabilidad
en un mundo de posesiones. Los humanos se harán de pelotas
y las pelotas siempre se les perderán, chiquito,
y nadie puede volver a comprar una misma pelota. No es cuestión de plata.
Está aprendiendo, bien atrás de sus ojos desesperados,
la epistemología de la pérdida, cómo aguantar.
Sabiendo lo que todo hombre debe saber un día
y lo que casi todos saben muchos días, cómo aguantar.
Y paulatinamente la luz vuelve a la calle,
silba un pito, la pelota no está a la vista,
pronto una parte de mi explorará el hondo y negro
lecho de la bahía... Estoy en todas partes,
sufro y me muevo, mi mente y mi corazón se mueven
con todo lo que me conmueve, bajo el agua
o tocando un pito, yo no soy un chiquilín.