LA INDIGENA
Amorosa y fecunda como el monte nativo,
en la hamaca se mece bajo frescos palmares;
o tendida en las pieles de lustrosos jaguares
la perfuman los vientos del sonoro cultivo.
Acendrando la magia de su ardiente atractivo,
en el cuerpo se pinta voluptuosos lunares;
y en sus sienes, al ritmo de los raros collares,
juegan lánguidas plumas su reflejo más vivo.
Afligida, en la loma, con los senos desnudos,
la sorprenden las noches esperando al indiano
que en las chambas acecha los tapires membrudos.
Y hacia allá, mientras siente despertar los sinsontes,
ve que algún meteoro rasga al éter lejano
como lívida flecha que ilumina los montes.
ELEGÍA DE LAS ROSAS
¿Qué pasará de noche? No hay mañana
que no tenga el jardín rosas difuntas.
Sobre estas cosas, cariñosa hermana,
¿por qué a Nuestro Señor no le preguntas?
Pasemos esta noche en la ventana,
los ojos fijos y las manos juntas,
para saber mañana de mañana
por qué hay en el jardín rosas difuntas...
Y velamos...Las doce, luego, la una...
y nada...! A flor de soledad la luna.
En paz lo muerto y en quietud lo vivo.
Mas, al prendernos Dios la luz del día,
la última rosa blanca en agonía
y las otras ya muertas... sin motivo.