¿DÓNDE ESTÁ DIOS?
"¡¿Dónde está Dios?!", gritó tu desconfianza,
y saliste a buscarlo al infinito.
Espera si te es árido algún rito,
porque es la fe terreno de labranza.
Dios está donde nace una esperanza.
Allá en la claridad que eclipsa al mito.
En el aire, en el agua, en el granito,
y donde la materia ya no alcanza.
Está en el polo opuesto del rencor.
Y aparte de encontrarme con sus huellas
en lo inefable de las cosas bellas;
por ser la esencia misma del amor,
por ser del universo el creador,
está en tu corazón y en las estrellas.
AMOR
(Fragmento)
¡Si dejaran que viera las cosas a mi modo!
Mientras la turba pasa compacta a su destino,
¡que se detenga nadie en mitad del camino
a contemplar si me alzo sobre espumas o lodo!
Que hoy tengo todo el pecho pujante de palmeras...
Hoy me sube a la boca un borbotón de olas...
Hoy quiero estar oculta y quiero estar a solas...
¡Qué inmensa compañía es un par de quimeras!
Hoy no hay sol... todo es luna... ¡noche de luna llena!
Hoy no hay nadie en el mundo sino yo sola y un hombre.
Y no hay otro sonido que un nombre, un nombre, un nombre.
¡Dos sílabas ahogando la marejada plena!
Sobre la verde manta musical de coquíes,
y al candelabro errante, fugaz, del cucabano...
el soplo de la vida agrietando el arcano,
quiere alma de palmeras y carne de alelíes...
¡Diez siglos las estrellas escoltaron la luna!
¡Diez siglos los marullos arroparon la orilla!
Porque él y yo esta noche, sin rubor ni mancilla,
mirábamos las cosas como se ve en la cuna...
¡Él y yo, nuestro el mundo! Miseria ni fortuna
nos trajo ni nos quita este poderío breve,
de la carne de nube impalpable y la leve
sangre de flamboyanes rendida por la luna.
Amor..., mientras te tenga, será claro el misterio:
la dicha es sólo el sueño en que forjas las cosas...
Amor..., mientras te tenga, el mismo cementerio
será sólo un recodo de mármol y de rosas...
Amor..., yo no era nada hasta que tú me hiciste.
Mi cuerpo era la tierra, mi alma era el vacío...
Amor..., tú me sembraste y tú me estremeciste...
Por ti tengo el relámpago, la ola y el rocío...
¡Amor..., tú das lo único que es de él y que es mío!
Luego serás los otros, y el deber, y el hastío
de perder y lograr, y el ver podrirse todo...
y el ver la muerte unir las espumas y el lodo...
Y aun cuando se haya ido y sea un rumor apenas,
como el río en el mar, susurrando en mis venas...
Cuando marcha conmigo, escondido en mil nombres,
y lo busque perdido entre todos los hombres...
Cuando mire a los otros ocultos tras mis ojos
y ponga hiel difusa en todos mis antojos,
y en cada nuevo beso esté su eterna cara,
y el eco de su risa si otra voz me nombrara......
¡Amor... en otra noche lo unirás a mi mano,
para el cuajo profundo de palmas y alelíes,
bajo el verde sudario musical de coquíes
y el vagabundo cirio, fugaz, del cucabano...!
ELEGIA EN LA MUERTE DE MI PADRE
I
Muy lentamente, padre, te nos ibas muriendo.
Poco a poco nosotros recibíamos tu aliento.
Como esa lenta espera por el nacer de un niño,
así era de larga la espera de tu muerte.
Nadie lloraba recio, ni movíase siquiera:
del hilo de tu aliento pendían las miradas,
el hilo de tu aliento amarraba las manos.
Te vimos forcejeando con la muerte, a puro corazón.
Te vimos forcejeando con la muerte, y a veces le ganabas.
Ella se alzaba luego con su puñal en alto
y sentíamos de nuevo su violenta llamada
Nadie podía ayudarte en el morir tan fiero,
al sitio donde estabas no alcanzaba mi mano:
estabas solo, solo, luchando con la muerte,
que solo se está siempre para ese amargo trago.
II
¡Y que fuera preciso, oh, padre, que murieras
para yo ver el rostro exacto de la Muerte!
La muerte es esta mesa donde a diario comemos,
en ella colocamos a diario pan y fruta.
El amor, la tristeza, nuestra tierna alegría,
están sobre esta mesa de madera desnuda.
La Muerte es la tiniebla que sostiene al lucero:
en su fuente de sombra nos trae la lumbre pura.
La muerte va aquí cerca, a diario la tocamos.
La muerte está en la vida: en un luchar constante
el corazón la roza con su terco latido.
La Muerte es simplemente como el árbol que cae,
como la noche al día; es el agua de lluvia,
en retorno armonioso a la yerba y al limo.
¡y sin embargo, Muerte –oh, Muerte- nos conmueve!
Aquí se encuentran el hombre y el cadáver.
Uno viene de lejos, cargado de su vida.
El otro aquí le espera con su exacto vacío.
Uno viene de lejos: del sitio recordado
donde echó a andar, de un pueblo perdido entre los días
en donde conoció su mujer alta y clara;
viene desde el nacer, pasando por los hijos,
viene desde su fuente lo mismo que los ríos.
Y el cadáver le espera, de su exacto tamaño,
una tendida ausencia, un frío barco anclado.
Aquí se encuentran el hombre y el cadáver.
Aquél deja su carga, éste le da la mano
Y parten quedamente hacia la tierra madre.
III
Ahora empiezan de nuevo a contarte los días,
dicen “un día de muerto, dos días ya, tres días”
como cuentan al niño el tiempo de nacido,
sin pensar que tu muerte dormida sobre el tiempo
no podemos medirla con toda nuestra vida.
Ahora marcha tu muerte en nuestro cuerpo viva,
la llevamos adentro en un recuerdo breve
e inmenso como el árbol dormido en la semilla.
Es el recuerdo, padre, de tu clara agonía,
mas también tu sonrisa de los tiempos de antes
y el aire de aquel campo donde fui cuando niño.
Entonces yo crecía bajo tu buena sombra,
Tú me diste los días con juguetes y cantos,
un arroyo, un amigo, un rifle, luego un libro.
Ahora ya estamos solos tus hijos en la tierra,
solos con nuestra madre -la madre es tierno río-
mientras a nuestro lado crecen los nuevos niños.
IV
Con un hijo te pago la vida que te debo.
Yo soy ahora el padre, ¡oh padre compañero!
Tú formaste mi cuerpo con tierra de tus venas.
Tú me diste estos ojos y encendiste su luz
con la brasa que en ti había puesto el abuelo.
¿Cómo pagarte, padre, esa deuda tan viva,
cómo dar a la tierra lo que de ella tomaste
para alzarme en el mundo igual que espiga altiva?
Con un hijo te pago la vida que te debo,
porque creo ciertamente que no hay otra manera.
Yo le daré el juguete, los días que me diste
la alegría de los campos, el libro y el arroyo,
como le doy mi sangre, mi mirada y mis huesos.
ÉL crecerá a mi lado y ha de llegar un día
en que yo también parta como ahora has partido
y él me dirá su adiós profundo y encendido.
EN PLENO CAMPO
¡Alzad los brazos, los hercúleos brazos
los nobles fuentes de robustos trazos,
los rostros aquilinos!
¡No os afemine el rostro del destierro!
¡Vuestras mazas alzad, brazos de hierro
brazos de campesinos!
¡Cuerpos de gladiadores,
acostumbrados a sufrir dolores,
a enconvarse en la esteva del arado
para que el hierro los terruños trunque,
cuerpos más duros que el metal forjado
por el férreo martillo sobre el yunque!
¡Destruid, demoled, brazos de atletas:
las hoces, las segures, las piquetas
brillan al sol de la campiña hispana!
¡Demoler trabajando, es vuestro oficio,
que ya otros brazos alzarán mañana
del porvenir el sólido edificio!
¡Demoled las murallas colosales
que nos quitan el sol, esos fatales
antros de sombras en nuestros campos fijos!
¡Derrumbad los alcázares ruinosos,
asilo de parásitos ociosos,
ejemplo de molicie a vuestros hijos!
¡Demoled los infestos lupanares
en donde el cáncer de los vicios crece,
convertidos en polvo y en ceniza!
¡el hierro fortalece
y el fuego cauteriza!
¡Destruiz, demoled, brazos gigantes,
brazos de campesinos;
quitad las zarzas que os hirieron antes;
preparad los caminos
por donde todos marchemos luego
a brindar por la paz tras de la guerra!
¡Con el hierro y el fuego
purificad y laborad la tierra!
LA SIRENA
Del glauco fondo a las marinas ondas,
sobre las perlas de carmín teñidas,
tienden las algas sus movibles frondas
a la arrecife de coral unidas.
De terso nácar vívido tesoro,
cual cofre abierto, el caracol sepulta,
y el pez su dorso de azabache y oro
bajo la pompa submarina oculta.
Entre la roja filigrana crece
de extraño arbusto la corola viva;
tiende una red al sonrosado pece
con su cabello la Sirena esquiva.
Ella es la reina de la mar. Esbelto
su talle se alza de la espuma leve;
se quiebra el sol en su cabello suelto,
su labio el soplo de las ondas bebe.
En el perfil de su desnudo seno
el suave tono de la concha brilla;
su cuerpo grácil, de esquiveces lleno,
en eslabones de coral se anilla.
Corta la espuma en giros de serpiente,
su hermoso busto de mujer tremola,
es de esmeraldas su pupila ardiente,
diáfana y tersa su flexible cola.
Si alguna vez de la remota vela
el blando lino a columbrar alcanza,
en el crespón de las espumas riela
o en el azul de la corriente danza.
Secando el viento su cabello blondo,
al joven dice: -Aprisionarme puedes-,
y entre las algas del marino fondo
enreda al viejo pescador las redes.
Mientras los bucles desgreñados peina,
diáfana espuma su cintura envuelve,
y a su palacio de marina reina,
sobre una concha, como Venus, vuelve.
Gira el Delfín enamorado al verla,
ella se escapa de la linfa oscura,
y cual joyel de nacarada perla,
entre un estuche de coral fulgura.
LA VEJEZ DEL SÁTIRO
Reclinado en la hierba que humedece la tarde
calla el Sátiro adusto. Con mirar afligido
ve la copia doliente de su rostro cobarde
en el fondo sereno de las aguas sin ruido.
A la sombra de encinas, en pesado sosiego,
grava el cálido vientre de la tierra florida;
en su lomo cansado, bajo un soplo de fuego,
con temblores de fiebre se desborda la vida.
Huyen raudos tropeles. En su pecho de anciano
de los viejos amores la ternura despierta
al domarse los vientos, cuando el rudo Silvano
tañe músicas tristes por la pampa desierta.
Y al guiñar la pupila que centella de gozo,
finge tropa de ninfas en la margen umbría,
o que puebla los bosques de sagrado alborozo
una raza de genios musculosa y bravía.
Van trepando las sombras a los picos del monte ...
Con la mueca lasciva sobre el labio altanero,
erizados los muslos, mira el turbio horizonte
y sacude las ramas bajo el puño de acero.
Una ninfa curiosa, cuya risa se pierde
por el bosque dormido y en los ámbitos mudos,
le descubre en la orilla, bajo un pálido verde,
el rosado contorno de los flancos desnudos.
Entreabiertos los labios, y los bucles radiosos
por la espalda tendidos, mueve el paso tranquila;
él, turbado, la oprime con sus brazos velludos
y la mira en la frente con absorta pupila ...
En frenética rabia gime el Sátiro adusto,
y enojada la ninfa de mirar hechicero,
rompe el trémulo abrazo con ingenuo disgusto
y se va por la hierba del esquivo sendero.
VÍSPERAS
La bóveda del templo de luto está vestida
y opaco velo flota delante del Sagrario;
envuelta entre la nube que arroja el incensario,
se alarga de los cirios la lumbre amortecida.
Al coro van las monjas en marcha contenida,
pasando entre los dedos las cuentas del rosario;
retiñe en el silencio la voz del campanario
y treme de los salmos la nota dolorida.
Sutil como la llama del ábside al abrigo,
sofoca a las novicias el pérfido Enemigo
y al lino de las rocas blanquísimas se adhiere ...
Las vírgenes meditan inmóviles y graves,
y en medio de la densa penumbra de las naves
retumba subterránea la voz del miserere.
LA ORACIÓN DE LA ROSA
Padre nuestro que estás en la tierra; en la fuerte
y hermosa tierra,
en la tierra buena:
Santificado sea el nombre tuyo
que nadie sabe; que en ninguna forma
se atrevió a pronunciar este silencio
pequeño y delicado..., este
silencio que en el mundo
somos nosotras
las rosas...
Venga también a nos, las pequeñitas
y dulces flores de la tierra,
el tu Reino prometido...
Hágase en nos tu voluntad, aunque ella
sea que nuestra vida sólo dure
lo que dura una tarde...
El sol nuestro de cada día, dánoslo
para el único día nuestro...
Perdona nuestras deudas,
la de la espina,
la del perfume cada vez más débil,
la de la miel que no alcanzó
para la sed de dos abejas...,
así como nosotras perdonamos
a nuestros deudores los hombres,
que nos cortan, nos venden y nos llevan
a sus mentiras fúnebres,
a sus torpes o insulsas fiestas.
No nos dejes caer
Nunca en la tentación de desear
la palabra vacía, -¡el cascabel
de las palabras!...-
ni el moverse de pies
apresurados,
ni el corazón oscuro de
los animales que se pudre...
Más líbranos de todo mal.
¡Amén!
QUIÉREME ENTERA
Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra...
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde, y rubia,
y morena...
Quiéreme día,
quiéreme noche...
¡Y madrugada en la ventana abierta!
Si me quieres, no me recortes:
¡quiéreme toda...o no me quieras!
TONADA
Las tres hermanas de mi alma
novio salen a buscar.
La mayor dice: - Yo quiero,
quiero un rey para reinar.
Esa fue la favorita,
favorita del sultán.
La segunda dice: -Yo
quiero un sabio de verdad,
que en juventud y hermosura
me sepa inmortalizar.
Esa casó con el mago
de la ínsula de cristal.
La pequeña nada dice,
sólo acierta a suspirar.
Ella es de las tres hermanas
la única que sabe amar.
No busca más que el amor,
y no lo puede encontrar.