LA CASADA INFIEL
Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenia marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso-.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos, de jacintos,
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo,
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo,
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy,
como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme,
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
LA AURORA DE NUEVA YORK
La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados a los niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
LLANTO POR IGNACIO SANCHEZ MEJIAS
(Fragmento)
II
LA SANGRE DERRAMADA
!Que no quiero verla!
Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre arena.
!Que no quiero verla!
La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
!Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
!Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra,
No.
!Que no quiero verla!
Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
!No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
!Quien me grita que me asome!
!No me digáis que la vea!
No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron las cabezas.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparásele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de marmol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
!Qué gran torero en la plaza!
!Qué gran serrano en la sierra!
!Qué blando con las espigas!
!Qué duro con las espuelas!
!Qué tierno con el rocío!
!Que deslumbrante en la feria!
!Qué tremendo con las últimas
banderillas de tinieblas!
Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
!Oh blanco muro de España!
!Oh negro toro de pena!
!Oh sangre dura de Ignacio!
!Oh ruiseñor de sus venas!
No...
!Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No...
!!Yo no quiero verla!!
MUERTE DE ANTOÑITO EL CAMBORIO
Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó sobre las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañó con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrellas clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí,
voces de muerte sonaron
cerca de Guadalquivir.
-Antonio Torres Heredia,
Camborio de dura crin,
moreno de verde luna,
voz de clavel varonil:
Quién te ha quitado la vida
cerca del Guadalquivir?
-Mis cuatro primos Heredias
hijos de Benamejí,
lo que en otros no envidiaban,
ya lo envidiaban en mí.
Zapatos color corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín.
-Ay, Antoñito el Camborio,
digno de una Emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
-Ay, Federico García,
llama a la guardia civil.
Y mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.
Tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.
Un ángel marchoso pone
su cabeza en un cojín.
Otros de rubor cansado
encendieron un candil.
Y cuando los cuatro primos
llegan a Benamejí
voces de muerte cesaron
cerca de Guadalquivir.
LA MONJA GITANA
Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda anhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda!¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas
en el mantel de la misa
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos e la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y, al mirar nubes y montes
en las yerbas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.
¡Oh, qué llanura empinada
con veinte soles arriba!
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.
ROMANCE DE LA GUARDIA CIVIL ESPAÑOLA
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma del charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan y ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena,
Pasa, si quieren pasar,
y oculta en la cabeza
una vaga astronomia
de pistolas inconcretas.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quien te vio y no te recuerda?
Ciudad de dolor y amizcle,
con las torres de canela.
Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la frantera.
El viento vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche,
noche que noche nochera.
La virgen y San Jose
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras
san José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
La media luna soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandares y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozaban
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por jerez de la frontera.
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quien te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.
Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo se les antoja
una vitrina de espuelas.
La ciudad, libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levanto en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.
En el portal de Belen
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la guardia civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginacion se quema.
Rosa la de los Camborios
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrian
perseguidas por sus trenzas
en un aire donde estallan,
rosas de polvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
el alba mecio sus hombros
en largo perfil de piedra.
¡Oh ciudad de los gitanos!
La Guardia civil se aleja
por un tunel de silencio
mientras las llamas te cercan.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quien te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente,
Juego de luna y arena.
PRECIOSA Y EL AIRE
Su luna de pergamino
preciosa tocando viene
-por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
En los picos de la sierra
los carabineros duermen
guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
los gitanos del agua
levantan por distraerse
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.
Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Por verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira a la niña tocando
una dulce gaita ausente.
-Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.
Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento hombrón la persigue
con una espada caliente.
Fruce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
y el liso gong de la tierra.
¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa!
¡Míralo por dónde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.
Preciosa, llena de miedo,
entra en la casa que tiene,
más arriba de los pinos,
el cónsul de los ingleses.
Asustados por los gritos tres
carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.
El inglés da a la gitana
un vaso (le tibia leche,
y un,-¡ copa de ginebra
que Preciosa¡lo la bebe.
Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.
AIRE DE NOCTURNO
Tengo mucho miedo de las hojas muertas,
miedo de los prados llenos de rocío.
Yo voy a dormirme. Si no me despiertas,
dejaré a tu lado mi corazón frío.
¿Qué es eso que suena muy lejos? Amor.
El viento en las vidrieras: ¡Amor mío!
Te puse collares con gemas de aurora:
¿por qué me abandonas en este camino?
Si te vas muy lejos, mi pájaro llora
y la verde viña no dará su vino.
¿Qué es eso que suena muy lejos? Amor.
El viento en las vidrieras: ¡Amor mío!
Tú no sabrás nunca, esfinge de nieve,
lo mucho que yo te hubiera querido
esas madrugadas, cuando tanto llueve
y en la rama seca se deshace el nido.
¿Qué es eso que suena muy lejos? Amor.
El viento en las vidrieras: ¡Amor mío!
EL POETA EXIGE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA
Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita,
y pienso con la flor que se marchita
que, si vivo sin mí, quiero perderte.
El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí, rasgué mis venas,
tigre y paloma sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena, pues, de palabras mi locura,
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.
ROMANCE DE LOS PELEGRINITOS
Hacia Roma caminan
dos pelegrinos,
a que los case el Papa,
porque son primos.
Sombrerito de hule
lleva el mozuelo
y la pelegrinita
de terciopelo.
Al pasar por el puente
de la Victoria
tropezó la madrina,
cayó la novia.
Han llegado a Palacio,
suben arriba
y en la sala del Papa
los examinan.
Le he preguntado el Papa
cómo se llaman.
Él le dice que Pedro
y ella que Ana.
Le ha preguntado el Papa
qué edad tienen.
Ella dice que quince
y él diez y siete.
Le ha preguntado el Papa
de dónde eran.
Ella dice de Cabra
y él de Antequera.
Le ha preguntado el Papa
que si han pecado.
Y ella dice que un beso
que ella le ha dado.
Y a la pelegrinita
que es vergonzosa,
se le ha puesto la cara
como una rosa.
Las campanas de Roma
ya repicaron
porque los pelegrinos
ya se casaron.
ESPERANZA ÚLTIMA
Aquí me tienes , hombre. Aquí estoy, inmutable,
acunando en la sombra la herencia que me entregas:
otra nueva esperanza.
Aquí me tienes, hombre, inmensa luz sonámbula,
gladiador de tus sueños...
Acércate a mi orilla,
trasmíteme tu sangre de guerrero perenne
para que yo elabore golosamente el fruto.
Acércate sin miedo. Te digo que no importa
tu dolor, tu cansancio...
Tu profunda hermosura se repite en el tiempo.
Yo conozco mi oficio: hilar sangre con sangre.
Te digo que no importa. Acércate a mi lecho,
deséame sin miedo, más allá mi misma,
siémbrame sin descanso.
Húndeme en los cabellos las llamas de tus manos.
Aquí me tienes: tuya. Tu última esperanza
Porque yo soy la única, la eterna ciudadela,
la incorruptible Patria.
No tengas miedo... dame tu lluvia insuperable.
Al fondo de mis huesos está Dios, esperando.
UN POEMA DE AMOR
No sé. Lo ignoro.
Desconozco todo el tiempo que anduve
sin encontrarla nuevamente.
¿Tal vez un siglo? Acaso.
Acaso un poco menos: noventa y nueve años.
¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma
un tiempo enorme, enorme, enorme.
Al fin, como una rosa súbita,
repentina campánula temblando,
la noticia.
Saber de pronto
que iba a verla otra vez, que la tendría
cerca, tangible, real, como en los sueños.
¡Qué trueno sordo
rodándome en las venas,
estallando allá arriba
bajo mi sangre, en una
nocturna tempestad!
¿Y el hallazgo, en seguida? ¿ Y la manera
de saludarnos, de manera
que nadie comprendiera
que ésa es nuestra propia manera?
Un roce apenas, un contacto eléctrico,
un apretón conspirativo, una mirada,
un palpitar del corazón
gritando, aullando con silenciosa voz.
Después
(Ya lo sabéis desde los quince años)
ese aletear de las palabras presas,
palabras de ojos bajos,
penitenciales,
entre testigos enemigos,
todavía
un amor de “lo amo”,
de “usted”, de “bien quisiera,
pero es imposible...” De “no podemos,
no, piénselo usted mejor...”
Es un amor así,
es un amor de abismo en primavera,
cortés, cordial, feliz, fatal.
La despedida, luego,
genérica,
en el turbión de los amigos.
Verla partir y amarla como nunca;
seguirla con los ojos,
y ya sin ojos seguir viéndola lejos,
allá lejos, y aún seguirla
más lejos todavía,
hecha de noche,
de mordedura, beso, insomnio,
veneno, éxtasis, convulsión,
suspiro, sangre, muerte...
Hecha
de esa sustancia conocida
con que amasamos una estrella
EL ABUELO
Esta mujer angélica de ojos septentrionales,
que vive atenta al ritmo de su sangre europea,
ignora que en lo hondo de ese ritmo golpea
un negro el parche duro de roncos atabales.
Bajo la línea escueta de su nariz aguda,
la boca, en fino trazo, traza una raya breve;
y no hay cuervo que manche la geografía de nieve
de su carne, que fulge temblorosa y desnuda.
¡Ah, mi señora! Mírate las venas misteriosas;
boga en el agua viva que allí dentro te fluye,
y ve pasando lirios, nelumbos, lotos, rosas;
que ya verás, inquieto, junto a la fresca orilla
la dulce sombra oscura del abuelo que huye:
el que rizó por siempre tu cabeza amarilla.
LOS VIENTOS
Usted no puede imaginar
cómo andaban estos vientos anoche.
Se les vio,
Los ojos centelleantes,
largo y rígido el rabo.
Nada pudo desviarlos
(ni oraciones ni votos)
de una choza , de un barco solitario, de una granja,
de todas esas cosas necesarias
que ellos destruyen sin saberlo.
Hasta que esta mañana los trajeron atados,
cogidos por sorpresa,
lentos enamorados,
cuando vagaban pensativos
junto a un campo de dalias.
(Esos de allí, a la izquierda,
dormidos en sus jaulas.)
UN LARGO LAGARTO VERDE
Por el mar de las Antillas
(que también Caribe llaman)
batida por olas duras
y ornada de espumas blandas
bajo el sol que la persigue
Y el viento que la rechaza
cantando a lágrima viva
navega Cuba en su mapa:
un largo lagarto verde,
Con ojos de piedra y agua.
Alta corona de azúcar
te tejen agudas cañas;
no por coronada libre,
sí de su corona esclava:
reina del manto hacia fuera,
del manto adentro, vasalla,
triste como la más triste
navega Cuba en su mapa:
un largo lagarto verde,
con ojos de piedra y agua.
junto a la orilla del mar,
tú que estás en fija guardia,
fijate, guardián marino,
en las puntas de las lanzas
y en el trueno de las olas
y en el grito de las llamas
y en el lagarto despierto
sacar las uñas del mapa:
un largo lagarto verde,
con ojos de piedra y agua.