LÍNDICA
Y se llamaba Líndica... Gitana
de ojos bandidos y de faz morena,
que, en el cortejo de su caravana,
pasó por los eriales de mi pena.
Me dijo frases truncas... de la Muerte,
Del Amor, de la Vida y del Arcano,
descifrando misterios de la suerte
en las líneas absurdas de mi mano...
Quise hablarle de amor. Y de repente
se estremeció su corazón de Oriente
con mi devota ingenuidad cristiana.
Y en ese instante, con unción secreta,
fundí mi raza blanca de poeta
con su raza maldita de gitana!
VENTANA POÉTICA INVERNAL
Ingenuamente pones en tu balcón florido
La nota más romántica de esta tarde de lluvia.
Voy a hilar mi nostalgia de sol que se ha dormido
En la seda fragante de tu melena rubia.
Hay un libro de versos en tus manos de luna.
En el libro un poema que se deshoja en rosas...
Tiendes la vista al Cielo. Y en tus ojos hay una
Devoción infinita para mirar las cosas.
Tiembla en tus labios rojos la emoción de un
poema.
Yo cual viejo neurótico seguiré con mi tema
En esta tarde enferma de cansancio y de lluvia.
Y siempre cuando mueran crepúsculos de olvido
Hilaré mi nostalgia de sol que se ha dormido
En la seda fragante de tu melena rubia.
TÚ
Tú, solo tú, apenas tu en los desvaneceres
últimos de la llama de este candil de barro.
Río de miel dorada para ahogarme. Tú eres
hecha para morderte de amor como un cigarro...
Tú, la pluma ligera y la brizna volátil
y el cuerpo de sol ebrio en un pinar de asombro,
mientras una caricia, húmeda como un dátil,
resbala en la piel de uva dulce de tu hombro.
Tú, la alondra dorada sin alas y sin nombre
que enciendes dos luciérnagas en tus pezones rubios
Tú, la guirnalda trémula para mis brazos de hombre
¡tú, el arco-iris tenue después de mis diluvios!
Tú, la envoltura tibia de olor de mi fracaso,
la albahaca rendida de los muslos tersos.
Tú, el absintio mortal en el ónix de un vaso,
si mordiendo tus senos tengo dos universo!
Tú, el salto de agua clara que no se oye, y la chispa
vigilante que apenas es una estalactita
de estupor en mi cuerpo bárbaro que se crispa,
¡Cómo la arquitectura de una tromba infinita!
Tú el hemistiquio de una galera que me envuelve
con sus remos que son dos tobillos de nardo.
¡Y tu alma de gacela tímida se disuelve
dentro de mis radiantes vértebras de leopardo!
Tú, carne de pantera flexible que me acecha!
¡Tú, acre de amante núbil y de serpiente!
¡Más eléctrica que una mordedura de flecha!
¡Más diáfana que un día de sol de un torente!
¡Más perfumada que el ámbar de un pebetero!
¡Más prohibida que un libro que no se ha escrito nunca!
¡Más trémula que el grito musical de un pandero!
¡Más borracha de amor que una columna trunca!
¡Tú, el suspiro que apenas es un arco que rueda!
¡y tú, el mordisco que es un cohete que salta!
¡Tú, la crucifixión de un mirto en la reseda!
¡Tú, la campana lírica de la torre más alta!
Tú, el álamo que tiende su índice a la burbuja
del cielo, como un niño que quisiera llorar!
¡Tú, el narcótico blando para la muerte bruja!
Tú, el pleamar de oro para mí último mar!
CANTATA Y FUGA DE TU PRESENCIA
Amanecida, amanecida
tu piel de almendra ha inventado los días,
cinematógrafo del aire,
los avestruces y los ángeles,
en un tiempo que tiene la edad del agua,
donde la soledad de estar solo es liviana,
con tu presencia de alga
y tu ausencia de pluma.
Desde entonces, la nube es libre
y más ligeras las codornices
en una primavera de cerbatanas,
zafra de azúcar de tus tobillos y de las cañas,
decoración del mundo con la pintura fresca
de un sol de la alegría tintorera
que hace sonar las esterlinas de tus cabellos.
En tu mapa de olor he descubierto
un meridiano de fragancia
que parte del alcor mojado de tu cuello
y sigue la ballesta de tu espalda,
dividiéndote en dos mitades
lacias de dátil.
Todo el alcohol de la oceanía verde
se ha amotinado en los bajeles
de tu mirar sin brújula.
Lenta de luz y altura,
torre afilada
con las campanas de pascua,
tu desnudez de flama dura
es la tormenta de una aguja.
Guitarra anochecida
en la noche agorera,
noche de miel tostada, Tú misma,
toda en tañido y lluvia de vihuela,
te oyes, resaca dulce,
pulso de estatua ciega,
toda en madera núbil
y canto de candela.
Toda tejida en viento,
luz de las luces altas,
arquitectura de élitro
en altanoche de cigarras,
hasta que los colores y los cuchillos
de la herrería de los luceros
se afilen con el grito
de un gallo negro,
para otra albaca, leche creciente
en un cielo que crece,
con este gozo de orilla y arrecife,
pápula y tacto de ceñirte
y descubrirte como una isla.
HOMBRE DE AMÉRICA
¡Hombre de América!
Hombre torrente y cataclismo
con una mordedura de llamas en el pecho.
Naciste de una piedra que rodaba al abismo
y eres un ventisquero con dos garras de helecho!
Tremaban huracanes de oro.....
Escuché en mí mismo;
"¡Hágase el hombre!"
Entonces grité:
¡El hombre se ha hecho!
Saltaba el Universo con su coz infinita.
Y tremolaste el látigo de rugido que blandes
-cuando la tierra negra se encabrita-
y a cada latigazo galopaban los Andes:
Trepidaba el Océano fragante.
Trastornaba el diluvio su crátera en las combas
de tus órbitas ciegas. ¡Y tu vara gigante
sumergida en tu puño, salpicaba mil trombas!
La selva te anudaba la espalda.
Se diría un lunático río verde que corre,
o la espiral de una guirnalda
que ciñe el torso de una torre.
Revoloteaban cóndores en tu cabeza brava
-insectos de lámpara de los amaneceres-
y aprendiste a beber en los cráteres lava
para que den luz volcanes tus mujeres!
Hombre de los dos puños crispados que se estiran,
Esgrimiendo los cedros como si fueran mazos.
¡Morirás entre un coro de alondras que deliran
o con las mil luciérnagas de mil arcabuzazos!
El hoyo de tu mano espera el salto de agua
torrencial para el nuevo diluvio en tus barrancos.
¡Con el nuevo arco iris encenderás tu fragua,
Mordiendo el pedernal de tus fémures blancos!
Jugaste malabares con los troncos de encina.
Dilapidaste el oro del estremecimiento.
Y descendiste el hacha cristalina
de la cascada para decapitar el viento.
TUS OJOS
Ojos indefinibles, ojos grandes,
como el cielo y el mar, hondos y puros,
ojos como las selvas de los andes,
misteriosos, fantásticos y obscuros.
Ojos en cuyas místicas ojeras
se ve el rastro de incógnitos pesares,
cual se ve en la orilla de las riberas
la huella de las ondas de los mares.
Miradme con amor eternamente
ojos de melancólicas pupilas,
ojos que semejáis bajo su frente
pozos de agua profundos y tranquilos.
Miradme con amor ojos divinos,
que adornáis como soles su cabeza
y, encima de sus labios purpurinos
parecéis dos abismos de tristeza.
Miradme con amor, fúlgidos ojos
y que muera yo, que os amo tanto,
verted sobre mis lívidos despojos
el dulce manantial de vuestro llanto.
JUSTICIA
Cuentas que un rey soberbio y corrompido,
cerca del mar, con su conciencia a solas,
sobre la playa se quedó dormido;
y agregan que aquel mar lanzó un rugido
y sepultó al infame entre sus olas!
Hoy, bien hacéis ¡oh déspotas del mundo!
en estar con los ojos siempre abiertos...
porque el pueblo es un mar, y un mar profundo,
que piensa, que castiga y que, iracundo,
os puede devorar. ¡Vivid despiertos!
LA LÁGRIMA DE SATÁN
Del infernal abismo, con estruendoso vuelo,
rasgando la tiniebla surgió Satán: quería
ver otra vez la comba donde se espacia el día,
ver otra vez su patria, ver otra vez el cielo!
Miró durante un siglo. Cuando colmó su anhelo
y recordó el proscrito que allá no volvería,
con honda pesadumbre la formidable y fría
cabeza hundió en el polvo del calcinado suelo.
Después... lanzó un sollozo que pareció un rugido,
y luenga, azúl y amarga, pugnó una gota en vano
por no salir del ojo del gran querub caído.
Crujieron valle y cumbre y otero y bosque y llano,
porque la gota aquella, buscando inmenso nido,
formó, al rodar, la mole del pérfido oceáno!
JOB
Job, el leproso formidable, hediondo
hasta asfixiar, su acuosa podredumbre
siente un día rodar bajo la lumbre
de un sol de estío, refulgente y blondo
Y el ojo clava en el azul sin fondo
de la impasible, sideral techumbre
y, olvidando su antigua mansedumbre,
lanza un rugido lastimero y hondo
Es ya de noche: un charco nauseabundo
de carnes desleídas y asquerosas
se dilata a los pies del santo inmundo
Y entre aquel charco, atónitas y bellas,
como enjambre de abejas luminosas,
mira Job, cabizbajo, las estrellas.
ESA MUJER QUE PASA
Con esas suaves manos de paloma,
esa mujer que pasa, mató a un niño...
No fue la sangre en cuajo de rubíes...
No fue el cortante filo...
Ella mató en penumbra y en silencio:
¡acaso no lo supo ni Dios mismo!
Con esas blancas manos de azucena,
esa mujer que pasa, mató a un niño...
El venía de lejos, desde el cielo,
por un cauce de lirios...
Entornados los ojos
que no abrieron jamás frente al Destino...
De qué color serían
aquellos ojos límpidos,
donde el alba primera
congelara las perlas del rocío?
En los ojos obscuros se eterniza
un misterio escondido...
En los ojos celestes
ríen todos los soles del estío...
¡Ah, quizá sus pupilas
que ya no se abrirán frente al Destino
hubieran escrutado
firmamentos y abismos,
con la mirada visionaria y grave
de los poetas y los místicos!
Con esas manos de marfil y rosa,
esa mujer que pasa, mató a un niño...
Venía con los labios entreabiertos
hacia un beso dulcísimo...
Capullito de mieles
intocado y marchito...
Hoy la Muerte piadosa
lo amamanta en la sombra, como a un hijo,
y el silencio lo mece
en una ronda de inefables ritmos...
Con esas manos, llenas de fragancia,
esa mujer que pasa, mató a un niño...
¡Ah, no bastan las alas del perfume
para cubrir la mancha del delito!
En el pecho minúsculo,
carne condecorada de suplicios,
latía un corazón, pequeño y frágil
como una flor de vidrio...
Los puños diminutos
encerraban ternuras y prodigios...
¡Nadie sabe los signos misteriosos
que traían escritos!
Dulce collar de amor, aquellos brazos
ya no serán guirnalda de cariños:
crucificados en el gesto eterno
retornarán hacia Dios, como mendigos
que el último minuto sorprendiera
exhaustos y vacíos...
Buscaba suavidades de caricias
y calidez de nido...
¡Era tan ignorante y tan pequeño
que equivocó el camino!...
La vida, que lo trajo de la mano,
lo abandonó sin causa, de improviso,
y, buscando los brazos maternales,
se durmió, sin saberlo, en el olvido...
Con esas bellas manos de princesa,
esa mujer que pasa, mató a un niño...
Nadie sabe el instante
en que rompió los milagros filtros,
donde la vida nueva
ya palpitaba en músicas y en ritmos...
Esas manos se aferran al secreto
como a un puñal no visto,
y en torno de ellas vibran las ajorcas
con un siniestro tintinear de grillos...
¡Y esas manos desnudas acarician
la cabeza inocente de otros niños,
y se enjoyan de perlas
de reflejo eucarístico,
y en el leve minuto
de los recogimientos infinitos,
se alzan frente al altar, donde otra Madre
sonríe, envuelta en su inefable nimbo!...
Mas yo sé que esa noche de pecado
un ángel la maldijo,
y por eso, al contacto
de aquellas manos de alabastro tibio,
se deshojan las rosas
y se evapora el alma de los lirios!