Poetas Latinoamericanos

A - B

Almafuerte

(1854 - 1917)

¡PIU AVANTI!

No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo,
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido,
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo:
no la cobarde intrepidez del pavo,
que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios, que nunca llora,
o como Lucifer, que nunca reza,
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...
¡Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!




Carlos Aguilar Vásquez

(1897 - 1967)

LA NIÑA QUE NO QUISO IR AL CIELO

De un mal desconocido Blanca Rosa moría
y en lumbre de otros mundos trocábase su
albura.
Con palabras muy tiernas, su madre le
decía:
-¿Quisieras ser el ángel más bello de la
altura?
-¿Irás, madre, conmigo?... –Me aguardarás,
preciosa,
tan sólo por el tiempo brevísimo de un
vuelo...
-Morir no puedo entonces... ¡No quiero
alas de rosa:
sin madre ni muñecas, no creo que haya
cielo!...




Delmira Agustini

(1886 - 1914)

EL INTRUSO

Amor, la noche estaba trágica y sollozante
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
tu sombra fue una mancha de luz y de blancura.

Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
bebieron en mi copa tus labios de frescura,
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.

Y hoy rio si ríes, y canto si tú cantas;
y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas.
Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;

Y tiemblo si tu mano toca la cerradura,
y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!

MIS AMORES

Hoy han vuelto.
Por todos los senderos de la noche han venido
a llorar a mi lecho.
¡Fueron tantos, son tantos!
Yo no sé cuáles viven , yo no sé cuál ha muerto.
Me lloraré yo misma para llorarlos todos:
la noche bebe el llanto como una pañuelo negro.

Hay cabezas doradas al sol, como maduras ...
Hay cabezas tocadas de sombra y de misterio,
cabezas coronadas de una espina invisible,
cabezas que sonrosa la rosa del ensueño,
cabezas que se doblan a cojines de abismo,
cabezas que quisieran descansar en el cielo,
algunas que no alcanzan a oler a primavera,
y muchas que trascienden a las flores de invierno.

Todas esas cabezas me duelen como llagas..
Me duelen como muertos ...
¡Ah!... y los ojos ... los ojos me duelen más: ¡son dobles!...
Indefinidos, verdes, grises, azules, negros,
abrasan si fulguran;
son caricia, dolor, constelación, infierno.
Sobre toda su luz, sobre todas sus llamas,
se iluminó mi alma y se templó mi cuerpo.
Ellos me dieron sed de todas esas bocas ...
De todas esas bocas que florecen mi lecho:
vasos rojos o pálidos de miel o de amargura,
con lises de armonía o rosas de silencio
de todos esos vasos donde bebí la vida,
de todos esos vasos donde la muerte bebo ...
El jardín de sus bocas, venenoso, embriagante,
en donde respiran sus almas y sus cuerpos,
humedecido en lágrimas
ha cercado mi lecho ...

Y las manos, las manos colmadas de destinos
secretos y alhajadas de anillos de misterio ...
Hay manos que nacieron con guantes de caricia,
manos que están colmadas de la flor del deseo,
manos en que se siente un puñal nunca visto,
manos en que se ve un intangible cetro;
pálidas o morenas, voluptuosas o fuertes,
en todas, todas ellas pude engarzar un sueño.

ÍNTIMA

Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.
Las cumbres de la vida son tan solas,
tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mí misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.
Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismo:
yo vacilaba, me sostengo en ti.
Muero de ensueños, beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad, yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.
Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
Llega a la tuya como un gran espejo.
Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño.
Bajo el azur sin fin se sintió preso.
Imagina mi amor, amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú que sabes si pesan, si consumen
alma y sueños de olimpo en carne humana.
Y cuando frente al alma que sentí
poco el azur para bañar sus alas,
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:
Imagina! Estrechar vivo, radiante,
el imposible! La ilusión vivida!
Bendije a Dios, al sol, la flor, el aire,
la vida toda porque tú eres vida!
Si con angustia yo compré esta dicha,
bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por tus labios rojos!
Ah! Tú sabrás mi amor, mas vamos lejos
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.
Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
yo abriré dulcemente para ti.

LO INEFABLE

Yo muero extrañamente... No me mata la Vida,
no me mata la Muerte, no me mata el Amor;
muero de un pensamiento mudo como una herida...
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,
devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?

¡Cumbre de los Martirios!.... ¡Llevar eternamente,
desgarradora y árida, la trágica simiente
clavada en las entrañas como un diente feroz!
Pero arrancarla un día en una flor que abriera
milagrosa, inviolable... ¡Ah, más grande no fuera
tener entre las manos la cabeza de Dios!




Rafael Alberti

(1902 - 1999)

CORRIDA DE TOROS

De sombra, sol y muerte, volandera
grana zumbando, el ruedo gira herido
por un clarín de sangre azul torera.
Abanicos de aplausos, en bandadas,
descienden, giradores, del tendido,
la ronda a coronar de los espadas.

Se hace añicos el aire, y violento,
un mar por media luna gris mandado
prende fuego a un farol que apaga el viento.

¡Buen caballito de los toros, vuela,
sin más jinete de oro y plata, al prado
de tu gloria de azúcar y canela!
Cinco picas al monte, y cinco olas
sus lomos empinados convirtiendo
en verbena de sangre y banderolas.
Carrusel de claveles y mantillas
de luna macarena y sol, bebiendo
de naranja y limón, las banderillas.
Blonda negra, partida por dos bandas,
de amor injerto en oro la cintura,
presidenta del cielo y las barandas,
rosa en el palco de la muerte aún viva,
libre y por fuera sanguinaria y dura,
pero de corza el corazón, cautiva.

Brindis, cristiana mora, a ti, volando,
cuervo mudo y sin ojos, la montera
del áureo espada que en el sol lidiando

y en la sombra, vencido de puntillas,
da su junco a la media luna fiera
y a la muerte su gracia, de rodillas.
Veloz, rayo de plata en campo de oro,
nacido de la arena y suspendido,
por un estambre, de gloria, al toro;
mar sangriento de picas y coronado,
en Dolorosa grana convertido,
centrar el ruedo, manda, traspasado.
Feria de cascabel y percalina,
muerta la media luna gladiadora,
de limón y naranja, reclina,
de la muerte, gritando, y los toreros,
bajo una alegoría voladora
de palmas, abanicos y sombreros.


Alberto Baeza Flores

(1914 - 1998)

EL HIJO FRUSTRADO

Fue un desterrado sueño y menos que un gemido,
fue el botón que se corta sin que llegue a ser flor;
y esa hoja que cae y al caer no hace ruido,
pero deja en el árbol un secreto dolor.

No supimos qué luz pudo tener su frente,
ni qué nombre de amor decir en su canción.
No fue nada, pero algo se murió de repente
y una ola de niebla rodó en el corazón.

Hoy que los niños juegan en el parque cercano
nos oprime una angustia como una espina cruel,
y sin decir decimos al tomarnos la mano:
...pudo ser como aquélla..., pudo ser como aquél...




Porfirio Barba-Jacob

(1883 - 1942)

CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias.
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
-¡Niñez en el crepúsculo!, ¡Lagunas de zafir!-
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña oscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día
en que levamos anclas para jamás volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables.
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!




Claudio Barrera

(1912 - 1971)

LA MUJER VEGETAL

¡MUJER! ¡eres distinta! En ti no es la aventura,
ni la pasión absurda, ni la emoción fugaz. . .
El árbol de la vida se prende a tu cintura
con un convencimiento de presencia frutal.

Enraizada en tus sueños juega la clorofila
y ruedan las corolas en tu voz de cristal.
En las ramas del tiempo deshojas tus pupilas
y el otoño en tus manos empieza a amarillar.

Parada sobre el surco de una espera latente
tu ramazón de sueños presiente el vendaval.
El mar de los deseos golpea suavemente
con sus olas ilímites tu posición solar.

Enraizada en la muerte –casi desvanecida-
te sorprende el crepúsculo, muchacha singular.
No es de tierra y paisajes tu soledad herida
sino de una infinita tristeza vegetal.

En la higuera silvestre. En la presencia ruda
de la albahaca y acaso una flor matinal,
te amaré más que nunca tropical y desnuda
y te urdiré en mis brazos con devoción juncal.

Toda la selva humana tendrá un prestigio nuevo.
Arboles carcomidos no te podrán rozar.
Y estarás frente al hombre –divinizadamente-
con sólo tu presencia de rosa vertical.




Gustavo Adolfo Bécquer

(1836 - 1870)

RIMAS

IV

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
del fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y harmonías;
mientras haya en el mundo primavera
habrá poesía.
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa do camina;
mientras haya un misterio para el hombre
habrá poesía.
Mientras sintamos que se alegra el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar las pupilas;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa
¡habrá poesía!

XVII

Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado...
...Hoy creo en Dios...

XXX

Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: “¿Por qué callé aquel día?”
y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?”

XLI

Tú eres el huracán, y yo la alta
torre que desafía su poder:
tenías que estrellarte o abatirme...
No pudo ser.
Tú eres el Océano, y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
Tenías que romperte o que arrancarme...
No pudo ser.

XLII

Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de donde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche;
en ira y en piedad se anegó el alma...
Entonces comprendí por qué se llora,
entonces comprendí por qué se mata.
Pasó la nube de dolor... con pena
Logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...
¡Me hacía un gran favor!... Le di las gracias.




Andrés Eloy Blanco

(1896 - 1955)

ANGELITOS NEGROS
(Fragmento)


Pintor de santos de alcoba,
pintor sin tierra en el pecho,
que cuando pintas tus santos,
no te acuerdas de tu pueblo,
y cuando pintas tus Vírgenes,
pintas angelitos bellos,
pero nunca te acordaste
de pintar un ángel negro;
pintor nacido en mi tierra,
con el pincel extranjero,
pintor que sigues el rumbo
de tantos pintores viejos,
aunque la Virgen sea blanca
¡píntame angelitos negros!
¡No hubo pintor que pintara
angelitos de mi pueblo!
Angel de buena familia
no basta para mi cielo.
Yo quiero angelitos blancos
con angelitos morenos.
Aunque la Virgen sea blanca
¡píntame angelitos negros!

Si queda un pintor de santos,
si queda un pintor de cielos,
que haga el cielo de mi tierra
con los tonos de mi pueblo
con sus ángeles catires,
con sus ángeles trigueños,
con sus angelitos blancos,
con sus angelitos negros,
con sus angelitos indios,
con sus ángeles morenos,
con su ángel de perla fina,
con su ángel de medio pelo,
que vayan comiendo mangos
por las barriadas del cielo.
Si al cielo voy algún día,
tengo que hallarte en el cielo,
¡angelitico del diablo,
serafín cucurusero!

Pintor que pintas tu tierra,
si quieres pintar su cielo,
cuando pintes angelitos,
acuérdate de tu pueblo,
y al lado del ángel rubio
y junto al ángel trigueño,
aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros!

CANTO A LOS HIJOS
(Selección)
Pórtico


Mientras mil hombres quieren disgregar el cobalto,
matar con el uranio, deshacer con el torio,
yo entrego mis dos hijos al mundo en sobresalto
y digo que es infame y es vil y es proditorio
que en el jacal invente vidas el aldeano
y el sabio asesinatos en el laboratorio;




Arturo Borja

(1892 - 1912)

VISIÓN LEJANA

¿Qué habrá sido de aquella morenita,
-trigo tostado al sol- que una mañana
me sorprendió mirando a su ventana?
Tal vez murió, pero en mí resucita.

Tiene en mi alma un recuerdo de hermana
muerta. Su luz es de paz infinita.
Yo la llamo tenaz en mi maldita
cárcel de eterna desventura arcana.

Y es su reflejo indeciso en mi vida
una lustral ablución de jazmines
que abre una dulce y suavísima herida.

¡Cómo volverla a ver! ¿En qué jardines
emergerá su pálida figura?
¡Oh amor eterno el que un instante dura!




José Ángel Buesa

(1910 - 1982)

POEMA DE LA DESPEDIDA

Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste... No sé si te quería...
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

Este cariño triste, y apasionado , y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco:
pero si sé que nunca volveré a amar así.

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré:
pero, al quedarme solo ,sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Te digo adiós, y acaso , con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mi...
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.

SE DEJA DE QUERER

(Wenn Zwei von einander scheiden...
                                            HEINE.)


Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer:
Es como abrir la mano y encontrarla vacía,
y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.
Se deja de querer, y es como un río
cuya corriente fresca ya no calma de sed;
como andar en otoño sobre las hojas secas,
y pisar la hoja verde que no debió caer.
Se deja de querer, y es como el ciego
que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren;
o como quien despierta recordando un camino,
pero ya solo sabe que regresó por él.
Se deja de querer, como quien deja
de andar por una calle, sin razón, sin saber;
y es hallar un diamante brillando en el rocío,
y que, ya al recogerlo, se evapore también.
Se deja de querer, y es como un viaje
detenido en la sombra, sin seguir ni volver;
y es cortar una rosa para adornar la mesa,
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.
Se deja de querer, y es como un niño
que ve cómo naufragan sus barcos de papel;
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.
Se deja de querer, y es como un libro
que, aun abierto hoja a hoja, quedó a medio leer;
y es como la sortija que se quitó del dedo,
y sólo así supimos que se marcó en la piel.
Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer...

UNA BARCA EN EL PUERTO

Mi alma es como una barca que se pudre en el puerto,
en un lento naufragio de silencio en mí mismo.
Jamás la rebeldía removió su ostracismo
con hambre de horizontes y sed de mar abierto.

Allí, el prudente olvido del piloto inexperto
la ancló en la prematura senectud del quietismo;
pero en su paz es fuerte, y sueña. –El espejismo
es sólo una metáfora que flota en el desierto.-

Con la brújula rota y el velamen raído.
la arrastran dulcemente los vientos del olvido
en un viaje ilusorio del que no ha de tornar.

Y es ya inútil que intente rebelarse algún día
en la embriaguez sonora de una emoción tardía,
¡pues su ancla echó raíces en el fondo del mar!

LA ESFINGE

I


Cuando el último andamio rodó pesadamente,
un gran rumor de asombro resonó como un trueno:
La mirada del hombre cayó sobre la Esfinge,
sobre la guardadora del inmortal silencio.

Sí. Allí estaba, radiante, frente a la muchedumbre.
Los ibis, sorprendidos, detuvieron su vuelo,
y el buey de cuernos áureos que bebía en el río
mugió hacia las pirámides la gloria del portento.

Sí. Allí estaba la Esfinge, con sus rotundos flancos,
con sus garras pulidas y sus intactos pechos,
con la máscara hipnótica de su rostro impasible,
con el terrible insomnio de sus ojos abiertos.

II

La colosal figura se erguía indiferente
ante alegres jardines y palacios soberbios;
resplandecía el trigo su tesoro en el valle,
y el Nilo duplicaba la sombra de los templos.

Ya las momias dormían bajo sus jeroglíficos,
pero aún era lejana la arena del desierto;
y el torpe escarabajo de metálica escama
adhería a los muros su coágulo siniestro.

Todavía arrastraban los bloques de granito,
jadeando bajo el látigo, los rebaños hebreos;
monumentales diques regían las cosechas,
y la paz oxidaba las armas del guerrero.

Las barcas faraónicas nublaban el crepúsculo,
con su oblicuo velamen palpitando en el viento;
los viejos sacerdotes contemplaban los astros,
y en las vastas necrópolis sonreían los muertos.

Rígidos obeliscos en la bruma del alba,
como espigas de mármol crecían hacia el sueño;
y el Delta era un fragante laberinto de islas,
con ráfagas de pájaros y mujeres sin senos.

Todo lo vio la Esfinge con sus ojos de piedra,
en el terrible insomnio de sus ojos abiertos.

III

Después cayó una sombra de horror sobre la tierra,
y retorció sus rojos tentáculos el fuego;
y fue el cauce del Nilo como una inmensa herida,
desbordándose en sangre sobre el valle indefenso.

Todo cedió al empuje de la hueste extranjera,
pues ardía en sus manos la fiebre del saqueo.

Un huracán de chispas iluminó la noche,
al agitar su manto de púrpura el incendio,
y el clamor de las víctimas ensombreció los astros,
mientras se desplomaban las torres y los templos.

Todo lo vio la Esfinge con sus ojos de piedra,
en el terrible insomnio de sus ojos abiertos.

IV

La lepra de los siglos le fue royendo el rostro,
y le creció en los labios el musgo del silencio.
La rodeaban las ruinas del remoto desastre,
y en su memoria oscura se apagaba el recuerdo;
pero, piadosamente, la humedad del rocío
le prestaba una lágrima para sus ojos secos.

-Los ibis taciturnos de los atardeceres
ya nunca detenían su fatigado vuelo-.

Y un día, de repente -fue un instante de sombra-,
un párpado de arena cegó sus ojos pétreos.

El viento, turbio y cálido, le azotaba el semblante,
y una neblina de oro cubría el firmamento.
Y también vio la Esfinge la invasión de la arena,
en el terrible insomnio de sus ojos abiertos.

V

Y los siglos seguían su ruta hacia el olvido,
como una caravana de cansados camellos.
Todavía se alzaba su ancha faz impasible,
como el símbolo vivo de un gran pasado muerto.
Bajo la arena líbica se extendían sus garras,
y el carcomido rostro miraba hacia un desierto.

Y un día vio unos hombres y se sintió desnuda.
Y alguien dijo: La Esfinge posee algún secreto.

VI

Los hombres interrogan en vano, desde entonces,
su hermética sonrisa vencedora del tiempo.
-Sí. Posee un secreto- repiten pensativos
ante el cerrado enigma de sus ojos abiertos.

Y ella calla y sonríe mientras pasan las nubes,
y nutre la leyenda con sus ásperos senos.

Y calla fieramente detrás de su sonrisa,
y calla, con la boca más allá del silencio,
el secreto terrible, doloroso y amargo,
de no haber poseído jamás ningún secreto!

POEMA DEL RENUNCIAMIENTO

                                     Mon ame a son secret...
                                ARVERS

Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor, y, al pasar,
fingiré una sonrisa, como un dulce contraste
del dolor de quererte... y jamás lo sabrás.

Soñaré con el nácar virginal de tu frente;
soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar;
soñaré con tus labios desesperadamente;
soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás.

Quizás pases con otro que te diga al oído
esas frases que nadie como yo te dirá;
y, ahogando para siempre mi amor inadvertido,
te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás.

Yo te amaré en silencio, como algo inaccesible,
como un sueño que nunca lograré realizar,
y el lejano perfume de mi amor imposible
rozará tus cabellos... y jamás lo sabrás.

Y si un día una lágrima denuncia mi tormento,
-el tormento infinito que te debo ocultar-,
te diré sonriente: “No es nada... Ha sido el viento”
Me enjugaré la lágrima... ¡y jamás lo sabrás!