DOS CAMELLOS
Lo triste es así...
Peter Altenberg
Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia.
Alzaron la cabeza para orientarse, y luego
el soñoliento avance de sus vellosas piernas
-bajo el rojizo dombo de aquel cenit de fuego-
Pararon silenciosos, al pie de las cisternas...
Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
y ya sus ojos quema la fiebre del tormento:
tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
perdido entre las ruinas de infausto monumento.
Vagando taciturnos por la dormida alfombra,
cuando cierra los ojos el moribundo día,
bajo la virgen negra que los llevó en la sombra
copiaron el desfile de la Melancolía.
Son hijos del Desierto: prestóles la palmera
un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,
y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge!
Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:
“amamos la fatiga con inquietud secreta...”
y vieron desde entonces corres sobre una espalda
tallada en carne, viva, su triangular silueta.
Los átomos de oro que el torbellino esparce
quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
y unidos en collares por invisible engarce
vistieron del giboso la escuálida figura.
Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
de caravanas... huesos en blanquecino enjambre...
todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.
Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
ni las volubles palmas que riegan sombra
ni el ruido sonoroso de claros cascabeles
alegran las miradas al rey de la fatiga.
¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio
que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas!
¡Sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
de un mundo que agoniza sin sangre entre las venas!
¡Oh, artistas! ¡Oh camellos de la Llanura vasta,
que vais llevando a cuesta el sacro Monolito!
¡Tristes de Esfinge!, ¡novios de la Palmera casta!
¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!
¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas
de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas;
sólo su arteria rota la Humanidad redime.
Se pierde ya a lo lejos la errante caravana,
Dejándome -camello que cabalgó el Excidio...-
¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
entre las ondas grises de lóbrego fastidio!
¡No! Buscaré dos ojos que he visto, fuente pura
hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
hasta que suelta en hilos de mística dulzura
refresque las entrañas del lírico doliente.
Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre
mientras el vago fondo de esas pupilas miro,
dirá que vio un camello con honda pesadumbre
mirando, silencioso, dos fuentes de zafiro...
CIGÜEÑAS BLANCAS
(Fragmentos)
De cigüeñas la tímida bandada,
recogiendo las alas blandamente,
paró sobre la torre abandonada
a la luz del crepúsculo muriente;
Esas aves me inquietan: en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días
Vago signo de mística tristeza
es el perfil de su sedoso flanco,
que evoca, cuando el sol se despereza,
las lentas agonías de lo Blanco.
Con la veste de mágica blancura,
con el talle de lánguido diseño,
semeja en el espacio su figura
el pálido estandarte del Ensueño.
A los fulgores de sidérea lumbre,
en el vaivén de su cansado vuelo,
fingen, bajo la cóncava techumbre,
bacantes del azul ebrias de cielo ...
Todo tiene sus aves: la floresta,
de mirlos guarda deliciosos dúos;
el torreón de carcomida testa
oye la carcajada de los búhos;
la Gloria tiene el águila bravía;
albo coro de cisnes los Amores;
tienen los montes que la nieve enfría
la estirpe colosal de los cóndores;
La cigüeña es el alma del Pasado,
es la Piedad, es el Amor ya ido;
mas su vuelo también está manchado
y el numen del candor, envejecido ...
Tú, que adoras la cigüeña blanca,
¿supiste su virtud? Entristecida
cuando una mano pérfida le arranca
su vagarosa libertad, no anida.
Sacra vestal de cultos inmortales,
con la nostalgia de su amor caído,
se acoge a las vetustas catedrales
y entre sus grietas enmaraña el nido;
abandona las húmedas florestas
para buscar las brisas del verano,
remonta y veloz llevando a cuestas
el dulce peso de su padre anciano.
Esas aves me inquietan: en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días.
De cigüeñas la tímida bandada,
desplegando las alas blandamente,
voló desde la torre abandonada
a la luz del crepúsculo naciente,
y saludó con triste algarabía
el perezoso despertar del día;
y al esfumarse en el confín del cielo
palideció la bóveda sombría
con la blanca fatiga de su vuelo ...
LA PULGA
Picó atrevido un átomo viviente
los blancos pechos de Leonor hermosa;
granate en perlas, arador en rosa,
breve lunar del invisible diente.
Ella, dos puntas de marfil luciente
con súbita inquietud bajó quejosa,
y torciendo su vida bulliciosa,
en un castigo dos venganzas siente.
Al expirar la pulga dijo: “¡Ay triste!,
¿por tan pequeño mal, dolor tan fuerte?”.
“¡Oh pulga -dije yo-, dichosa fuiste!
Detén el alma, y a Leonor advierte
que me deje picar donde estuviste,
y trocaré mi vida con tu muerte”