LA LLAMA
Inalterable, por la tierra avara
del altiplano, ostenta la mesura
de su indolente paso y apostura
la sobria compañera del aymara.
Parece, cuando lánguida se para
y mira la aridez de la llanura,
que en sus grandes pupilas la amargura
del erial horizonte se estancara.
() erguida la cerviz al sol que muere
y de hinojos oyendo el miserere
pavoroso del viento de la puna,
espera que en el ara de la nieve
el sacerdote inmaterial eleve
la eucarística forma de la luna.
LA PALMERA
Con pausados vaivenes refrescando el estío,
la palmera engalana la silente llanura;
y en su lánguido ensueño, solitaria murmura,
ante el sol moribundo, sus congojas al río.
Encendida en el lampo que arrebola el vacío,
presintiendo las sombras, desfallece en la altura;
y sus flecos suspiran un rumor de ternura
cuando vienen las garzas por el cielo sombrío.
Naufragada en la niebla, sobre el turbio paisaje
la estremecen los besos de la brisa errabunda;
y al morir en sus frondas el lejano celaje,
se abandona al silencio de las noches más bellas,
y en el diáfano azogue de la linfa profunda
resplandece cargada de racimos de estrellas.
LOS POTROS
Atropellados por la Pampa suelta
los raudos potros en febril disputa.
hacen silbar sobre la sorda ruta
los huracanes en su crin revuelta.
Atrás dejando la llanura envuelta
en Polvo, alargan la cerviz enjuta
Y a su carrera retumbante y bruta
cimbran los pinos y la palma esbelta
Ya cuando cruzan el austral peñasco
vibra un relincho por las altas rocas ;
entonces paran el triunfante casco,
resoplan roncos, ante el sol violento
Y alzando en grupo las cabezas locas
oyen llegar el retrasado viento.
ALAS DE SEDA
Persiguiendo el perfume de risueño retiro,
la fugaz mariposa por el monte revuela,
y en esos aires enciende sutilisima estela
con sus pétalos tenues de cambiante zafiro.
En la ronda versátil de su trémulo giro
esclarece las grutas como azul lentejuela;
y al flotar en la lumbre que en los ámbitos riela,
vibra el sol y en la brisa se difunde un suspiro.
Al rumor de las lianas y al vaivén de las quinas,
resplandece en la fronda de las altas colinas,
polvoreando de plata la florida arboleda;
y la gloriosa en el brillo de sus luces triunfales,
sobre el limpio remanso de sernos cristales
pasa, sin hacer sombra, con sus alas de seda.
LA TORCAZ
Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,
entre ocultos follajes, la paloma torcaz
acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
picoteando arrayanes y pepitas de agraz.
Arrurruuu... canta viendo la primera vislumbre;
y después, por las tardes, al reflejo fugaz,
en la copa del guáimaro que domina la cumbre
ve llenarse las lomas de silencio y de paz.
Entreabiertas las alas que la luz tornasola,
se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;
y esponjando el plumaje como leve capuz,
al impulso materno de sus tiernas entrañas,
amorosa se pone a arrullar las montañas...
y se duermen los montes... Y se apaga la luz!
LA GRULLA
Viajera que hacia el polo marcó su travesía,
la grulla migratoria revuela entre el celaje;
y en pos de la bandada, que la olvidó en el viaje,
aflige con sus remos la inmensidad sombría.
Sin rumbo, ya cansada, prolonga todavía
sus gritos melancólicos en el hostil paisaje;
y luego, por las ráfagas vencido su plumaje,
desciende a las llanuras donde se apaga el día.
Huérfana, sobre el cámbulo florido de la vega,
se arropa con el ala mientras la noche llega.
Y cuando huyendo al triste murmurio de las hojas
de nuevo cruza el éter azul del horizonte,
tiembla ante el sol, que, trágico, desde la sien del monte,
extiende, como un águila, sus grandes alas rojas.
LA GARZA
La garza está en el agua donde el pantano
oscurecióse hasta la negrura de un charco,
o en equilibrio con la pata en un montón
de juncos acumulados sobre una cueva de nutria.
Anda por el vado con curiosa gracia.
Los grandes pies rompen las arrugas de la arena,
el sagaz ojo sorprende el refugio del pez.
Su pico es más veloz que una mano humana.
Engulle una rana con su boca huesuda,
luego dirige su pesado pico hacia el bosque.
Las amplias alas baten sólo una vez para elevarla
donde ella se erguía una única onda se inicia.
ELEGÍA DE LAS ROSAS
¿Qué pasará de noche? No hay mañana
que no tenga el jardín rosas difuntas.
Sobre estas cosas, cariñosa hermana,
¿por qué a Nuestro Señor no le preguntas?
Pasemos esta noche en la ventana,
los ojos fijos y las manos juntas,
para saber mañana de mañana
por qué hay en el jardín rosas difuntas...
Y velamos...Las doce, luego, la una...
y nada...! A flor de soledad la luna.
En paz lo muerto y en quietud lo vivo.
Mas, al prendernos Dios la luz del día,
la última rosa blanca en agonía
y las otras ya muertas... sin motivo.
LAS VACAS
Brillante con el brillo de la vida,
de asta pequefia y de pezuña breve,
de piel con la blancura de la nieve
y ubres como una fuente dividida,
va a una cadena de metal prendida
la res lustrosa donde el Sol luz llueve,
y arrastra al hombre cuyo paso mueve,
retozando de todo sorprendida.
Muge, brinca, sacude la cabeza;
la espléndida salud, que es su belleza,
muestra en el ancho lomo y cuello altivo.
Y cuando cesa, de jugar cansada,
Mansa, enorme, paciente y reposada,
¡parece andando un monumento vivo!
EL AVE DEL PARAISO
Ved el ave inmortal, es su figura;
la antigüedad un silfo la creía,
y la vio su extasiada fantasía
cual hada, genio, flor o llama pura.
Su plumaje es la luz hecha locura,
un brillante hervidero de alegría
donde tiembla la ardiente sinfonía
de cuantos tonos casa la hermosura.
Su cola real, colgando es catarata;
y dirigida al sol, haz que desata
vivo penacho de arcos cimbradores.
Curvas suelta la cola sorprendente,
y al aire lanza cual tazón de fuente
un surtidor de palmas de colores.
LA CIGARRA
Silencio; es la cigarra, la doctora,
la que enseñó a Virgilio la poesía
y dio a las viñas griegas su armonía
cual bordón inmortal de luz cantora.
Aun pasa con su lira triunfadora
ardiendo en entusiasmo y energía;
encerrado en sus élitros va el día,
escuchad su canción abrasadora.
Ser en la roja siesta enardecido,
es un ascua del sol hecha alarido
que a su propio calor fundirse quiere.
Quema al cantar su real naturaleza,
canta por el amor a la belleza,
canta a las almas, y cantando muere.
CARRERA DE ÁRBOLES
Se oyó un hondo zumbido de bosques agitados,
volvió la muchedumbre los ojos con pavura,
y viéronse los árboles venir arrebatados
en una apocalíptica carrera de locura.
Los árboles frenéticos de todas las ciudades,
los que adornaron calles y plazas y jardines,
sonando a remolinos de intensas tempestades
vinieron desde el fondo de todos los confines.
Los hombres desgarraron sus nidos y sus frondas,
los hombres deshicieron sus ramas en pedazos,
los hombres les hirieron con piedras y con hondas,
los hombres les rompieron los troncos y los brazos.
Y como roto ejército que emigra de la guerra,
venían retemblando los árboles heridos,
con las raíces hondas sacadas de la tierra
en medio de un tumulto de ciegos alaridos.
Sus pies como madejas de elásticos alambres,
huían impelidos con paso monstruoso,
echando sus tentáculos de trémulas raigambres
como la planta inmensa de un cíclope asombroso.
Pasaban sacudidos lo mismo que banderas
deshechos en girones al dardo de las balas,
sin pompas del estío ni verdes primaveras,
sin risas y sin luces , sin nidos y sin alas.
Vedlos, temblando avanzan con furia arrolladora
trocados en tragedias sus rústicos placeres,
y consternados vuelven la cara indagadora
a ver si vienen hombres, o niños, o mujeres.
Silbando como fustas sus trémulos ramajes
van como en un desfile de homéricas zancadas,
huyendo cual un mundo temible de salvajes
con las temblantes hojas de miedo alborotadas.
Buscan las vastas selvas, buscan lo bosques altos,
el maternal origen que les prestó su aliento,
y por las cordilleras irán a grandes saltos
buscando de sus cunas de riscos el asiento.
Vosotras, cordilleras, eternos oleajes
de un temporal inmenso de bloques de granito:
os buscan vuestros árboles de bíblicos ramajes;
alzadlos a vosotras y toquen lo infinito.
Ellos semejan torres que el sol viste de lumbres,
guardianes que dominan los grandes horizontes,
son altos obeliscos que Dios plantó en las cumbres,
son bíblicas pirámides que Dios puso en los montes.
Los hombres no merecen tener por compañía
los cedros de altas crestas y troncos perennales,
los pinos resistentes de hombruna bizarría,
las cúpulas soberbias de palmas orientales.
Ved la esbeltez del álamo pasar en la carrera
tronchadas las aristas y vástagos lucientes;
y la olorosa acacia que cruza lastimera
llorando mustias hojas y cálices dolientes.
Cipreses inflexibles cual índices cristianos,
laureles de áureos triunfos y glorias revestidos,
pasan igual que un roto tropel de soberanos,
pasan como un desfile de dioses destruídos.
¡Oh torbellino ciego de locos vegetales
que a vuestras selvas madres subís por las laderas;
huid de entre los hombres terribles y brutales,
y os llenará de nidos el sol las cabelleras!
En épocas remotas de siglos venideros
en que en las almas entre la luz de otra cultura,
bajad entre los hombres y sed sus compañeros
cuando sus frentes sepan de amor y de hermosura.
Los árboles son torres que el sol viste de lumbres,
guardianes que dominan los grandes horizontes
son altos obeliscos que Dios plantó en las cumbres,
son bíblicas pirámides que Dios puso en lo montes.