Poesía a Animales y Plantas

K - L

Henry Kronfle

(1932 - 2010)

PERRO

Un mundo de expresión es su mirada.
Y un lenguaje, su cola en movimiento.
Su lamido es un beso al sentimiento.
Y con él, la familia es prolongada

Al escuchar del amo una llamada,
es el eco, su ser, en cumplimiento.
Y al despertar un hueso su contento,
su inefable humildad se ve pintada.

Compañero de amor en la tristeza.
Resignado guardián en el encierro.
Y lealtad, de la cola a la cabeza.

En consecuencia, se comete un yerro
(hiriendo al animal en su nobleza)
cuando al villano se lo llama perro.




Jorge de Lima

(1893 - 1953)

EL GRILLO

Música porque sí, música vana
como la vana música del grillo;
mi corazón eglógico y sencillo
se ha despertado grillo esta mañana.

¿Es este cielo azul de porcelana?
¿Es una copa de oro el espinillo?
¿O es que, en mi nueva condición de grillo,
veo todo a lo grillo esta mañana?

¡Qué bien suena la flauta de la rana!...
Pero no es són de flauta: en un platillo
de vibrante cristal de a dos desgrana
gotas de agua sonora. -¡Qué sencillo
es, a quien tiene corazón de grillo,
interpretar la vida esta mañana!




Leopoldo Lugones

(1874 - 1938)

EL LORO

Socarrón, perspicaz, sonoro,
a la casa aturde y alegra
con su ladina lengua negra,
sobre su aro o su percha, el loro.

Sabe cantar un tango entero,
los nombres nunca desacierta,
y según llamen a la puerta,
grita: “¡La leche!” o “¡El cartero!”.

Ya repite la carcajada
y el rezongo de la vecina,
ya remediando a la gallina
miente otro huevo a la nidada.
O apreciando al pelafustán
con su sagaz ojo de vieja,
le suelta mientras lo festeja
una medalla o un refrán.
Y es de admirar con qué decoro,
no desprovisto de ironía,
dice a la fámula tardía:
“No se olviden del pan del loro”.

LEÓN CAUTIVO

Grave en la decadencia de su prez soberana,
sobrelleva la aleve clausura de las rejas,
y en el ocio reumático de sus garras ya viejas
la ignominia de un sordo lumbago lo amilana.

Mas a veces el ímpetu de su sangre africana
repliega un arrogante fruncimiento de cejas,
y entre el huracanado tumulto de guedejas
ennoblece su rostro la vertical humana.

Es la hora en que hacia el vado, con nerviosas cautelas
desciende el azorado trote de las gacelas,
bajo la tiranía de atávicos misterios.

La fiera siente un lúgubre influjo de destino
y en el oro nictálope de su ojo mortecino
se hastía una magnánima desilusión de imperios.

LOS BURRITOS
(Fragmento)


Mézclase a lo zurdo de su malicia aldeana
una mimosa simpatía de niño,
y poseen este cariño
de la vida animal: la lana.
Junto a la burra laboriosa y prudente,
como una buena mujer, sus comitivas
toman un trotecillo de nene obediente,
acompañado por orejas alternativas.

En todos los países
los más apreciados son los asnillos grises.
Hay algunos rojizos como el orín,
otros negros y crespos como el hollín;
otros blancos, y a éstos
los prefieren para las vacaciones;
del trato con los niños adquieren locos gestos,
y vuélvanse sumamente bribones.
Espantan retozando a las bobas
de las ovejas;
aborrecen a las viejas
y roen sus escobas.
Escuchan divertidos la copla del gaucho,
que en roca guitarra llora su desvelo,
mientras sus hociquillos de caucho
tantean minuciosamente el suelo ...

Contemplan la luna en extático estrabismo;
quizá esto es un vago paganismo

LA PALMERA

Al llegar la hora esperada
en que de amarla me muera,
que dejen una palmera
sobre mi tumba plantada.

Así, cuando todo calle,
en el olvido disuelto,
recordará el tronco esbelto
la elegancia de su talle.

En la copa, que su alteza
doble con melancolía,
se abatirá la sombría
dulzura de su cabeza.

Entregará con ternura
la flor, el viento sonoro.
El mismo reguero de oro
que dejaba su hermosura.
Y sobre el páramo yerto
parecerá que su aroma
la planta florida toma
para aliviar el desierto.

Y que con deleite blando
hasta el nómada versátil
va en la dulzura del dátil
sus dedos de ámbar besando.

Como un suspiro al pasar,
palpitando entre las hojas,
murmurará mis congojas
la brisa crepuscular.

Y mi recuerdo ha de ser,
en su angustia sin reposo,
el pájaro misterioso
que vuelve al anochecer.