LA HIGUERA
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos:
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
-Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto.
Si ella escucha,
Si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo, le cuente:
- Hoy a mí me dijeron hermosa.
PLATERO Y YO
Elegïa Andaluza
I - Platero
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se
diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de aza-
bache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su
hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas...
Lo llamo dulcemente: "Platero?", y viene a mí con un trotecillo
alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto le doy. Le gustan naranjas, mandarinas, las uvas
moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina go-
tita de miel...
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero
fuerte y seco como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos,
por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos
de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
-Tiene acero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
XXVI - La Arrulladora
La chiquilla del carbonero, guapa y sucia cual una moneda, bru-
ñidos los ojos negros y reventando sangre los labios prietos entre la
tizne, está a la puerta de la choza, sentada en una teja, durmiendo alhermanito.
Vibra la hora de mayo, ardiente y clara como un sol por dentro.
En la paz brillante, se oye el hervor de la olla que cuece en el campo,
la brama de la dehesa de los caballos, la alegría del viento del mar en
la maraña de los eucaliptos. Sentida y dulce, la carbonera canta:
Mi niño se va a dormir
en gracia de la Pastora...
Pausa. El viento...
... Y por dormirse mi niño,
se duerme la arrulladora...
El viento... Platero, que anda, manso, entre los pinos quemados,
se llega poco a poco... luego se echa en la tierra fosca y, a la larga
copla de madre, se adormila, igual que un niño.
LIV - El Canario se Muere
Mira, Platero; el canario de los niños ha amanecido hoy muerto
en su jaula de plata. Es verdad que el pobre estaba ya muy viejo...
El último invierno, tú te acuerdas bien, lo pasó silencioso, con la cabeza
escondida en el plumón. Y al entrar esta primavera, cuando el sol hacía
jardín la estancia abierta y abrían las mejores rosas del patio, él quiso
también engalanar la vida nueva, y cantó; pero su voz era quebradiza
y asmática, como la voz de una flauta cascada.
El mayor de los niños, que lo cuidaba, viéndolo yerto en el
fondo de la jaula, se ha apresurado, lloroso, a decir:
-Pues no le ha faltado nada; ni comida, ni agua!
No. No le ha faltado nada, Platero. Se ha muerto porque sí
-diría Campoamor-, otro canario viejo...
Platero, habrá un paraíso de los pájaros? Habrá un vergel verde
sobre el cielo azul, todo en flor de rosales áureos, con almas de pá-
jaros blancos, rosas, celestes, amarillos?
Oye: a la noche, los niños, tú y yo bajaremos el pájaro muerto
al jardín. La luna está ahora llena, y a su pálida plata, el pobre
cantor, en la mano cándida de Blanca, parecerá el pétalo mustio de
un lirio amarillento. Y lo enterraremos debajo del rosal grande.
Esta misma primavera, Platero, hemos de ver al pájaro salir del
corazón de una rosa blanca. El aire fragante se pondrá canoro, y habrá
por el sol de abril un errar encantado de alas invisibles y un reguero
secreto de trinos claros de oro puro.
LXV - La Muerte
Encontré a Platero echado en su cama de paja. Blando los ojos
y tristes. Fui a él, lo acaricié, hablándole, y quise que se levantara...
El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arro-
dillada... No podía... Entonces le tendí su mano en el suelo, lo
acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir a su médico. El viejo
Darbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada
hasta la nuca, y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual
que un péndulo.
-Nada bueno, eh?
No sé qué contestó... Que el infeliz se iba... Nada... Que un
dolor... Que no sé que raíz mala... La tierra, entre la hierba...
A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se
le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas,
se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apoli-
llada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una
polvorienta tristeza.
Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba
por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de
tres colores.
LXVI - Nostalgia
Platero, tú nos ves, verdad?
Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la
noria del huerto; cual vuelan, en la luz última, las afanosas abejas,
en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún
enciende la colina?
Platero, tú no ves, verdad?
Verdad que ves pasar por la cuesta roja de la Fuente Vieja los
borriquillos de las lavanderas, cansados, cojos, tristes en la inmensa
pureza que une tierra y cielo en un solo cristal de esplendor?
Platero, tú no ves, verdad?
Verdad que ves a los niños corriendo, arrebatados, entre las ja-
ras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano en-
jambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?
Platero, tú no ves, verdad?
Platero, verdad que tú nos ves? Sí, tú me ves. Y yo oigo en el
poniente despejado, endulzando todo el valle de las viñas, tu tierno
rebuzno lastimero...