CORRIDA DE TOROS
Es la corrida más grande
que se vio en Ronda la vieja.
Cinco toros de azabache
con divisa verde y negra.
Yo pensaba siempre en ti,
yo pensaba: si estuviera
conmigo mi triste amiga,
¡mi Marianita Pineda!
Las niñas venían gritando
sobre pintadas calesas,
con abanicos redondos
bordados de lentejuelas,
y los jóvenes de Ronda
sobre jacas pintureras,
los anchos sombreros grises
calados hasta las cejas.
La plaza con el gentío
(calañés y altas peinetas)
giraba como un zodíaco
de risas blancas y negras,
y cuando el gran Cayetano
cruzó la pajiza arena
con traje color manzana
bordado de plata y seda,
destacándose gallardo
entre la gente de brega
frente a los toros zaínos
que España cría en su tierra,
parecía que la tarde
se ponía más morena.
Cinco toros mató, cinco
con divisa verde y negra
En la punta de su espada
cinco flores dejó abiertas,
y a cada instante rozaba
los hocicos de las fieras,
como una gran mariposa
de oro con alas bermejas.
La plaza, al par que la tarde,
vibraba fuerte, violenta,
y entre el olor de la sangre
iba el olor de la sierra;
yo pensaba siempre en ti,
yo pensaba: si estuviera
conmigo mi triste amiga,
¡mi Marianita Pineda!
TUÉRCELE EL CUELLO AL CISNE
Tuércele en cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje
Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda, y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.
Mira al sapiente buho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas,
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno.
Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.
MARIPOSAS
Ora blancas cual copos de nieve,
ora negras, azules o rojas,
en miríadas esmaltan el aire,
y en los pétalos frescos retozan.
Leves saltan del cáliz abierto,
como prófugas almas de rosas
y con gracia gentil se columpian
en sus verdes hamacas de hojas.
Una chispa de luz les da vida
y una gota al caer las ahoga;
aparecen al claro del día,
y ya muertas las halla la sombra.
¿Quién conoce sus nidos ocultos?
¿En qué sitio de noche reposan?
¡Las coquetas no tienen morada!
¡Las volubles no tienen alcoba!
Nacen, aman y brillan y mueren;
en el aire al morir se transforman,
y se van, sin dejarnos su huella,
cual de tenue llovizna las gotas.
Tal vez unas en flores se truecan,
y llamadas al cielo las otras,
con millones de alitas compactas
al arco iris espléndido forman.
Vagabundas, ¿en dónde está el nido?
Soltanita, ¿qué harén te aprisiona?
¿A qué amante prefieres, coqueta?
¿En qué tumba dormís, mariposas?
¡Así vuelan y pasan y expiran
las quimeras de amor y de gloria,
esas alas brillantes del alma,
ora blancas, azules o rojas!
¿Quién conoce en qué sitio os perdisteis,
ilusiones que sois mariposas?
¡Cuán ligero voló vuestro enjambre
al caer en el alma la sombra!
Tú, la blanca, ¿por qué ya no vienes?
¿No eras fresco azahar de mi novia?
Te formé con un grumo del cirio
que de niño llevé a la parroquia;
eras casta, creyente, sencilla,
y al posarte temblando en mi boca,
murmurabas, heraldo de goces:
¡Ya está cerca tu noche de bodas!
¡Ya no viene la blanca, la buena!
Ya no viene tampoco la roja,
la que en sangre teñí, beso vivo,
al morder unos labios de rosa;
ni la azul que me dijo: <¡Poeta!>,
ni la de oro, promesa de gloria.
¡Ha caído la tarde en el alma!
¡Es de noche... ya no hay mariposas!
encended ese cirio amarillo...
Ya vendrán en tumulto las otras,
las que tienen las alas muy negras
y se acercan en fúnebre ronda.
¡Compañeras, la cera está ardiendo;
compañeras, la pieza está sola!
Si por mi alma os habéis enlutado,
¡venid pronto, venid, mariposas!
LA AVISPA
Arquero zumbador de los veranos,
con dalmática negra y amarilla
va, caballero de su propia silla,
bien celada la flecha en sus arcanos.
Raudo atraviesa todos los secanos
sobre el caliente olor de la gavilla.
No es su meta de amor esa sencilla
y facil cetrería de los granos.
Fauno alado del agua y de las flores,
bajo un celestinaje de espesura
satisface sus sádicos ardores.
Y colmada su sed, de aromas lleno,
en el embrujo matraz de su cintura
la gracia de la flor se hace veneno.
LA ABEJA
Miniatura del bosque soberano
y consentida del vergel y el viento,
los campos cruza en busca del sustento,
sin perder nunca el colmenar lejano.
De aquí a la cumbre, de la cumbre al llano,
siempre en ágil, continuo movimiento
va y torna, como lo hace el pensamiento
en la colmena del cerebro humano.
Lo que saca del cáliz de las flores
lo conduce a su celda reducida,
y sigue sin descanso sus labores,
sin saber, ¡ay! que en su vaivén incierto
lleva la miel para la amarga vida
y el blanco cirio para el pobre muerto!
ELEGIA AL GALLO
Pirotécnicas pompas; y esplendores
aunque no fugitivos;
ufanía con peines de colores
-de arreboles altivos.
Gabriel en una sola pata puesto,
cojo por la mañana,
la barba capuchina, doble y grana,
y a lo pirata, a lo prelado el gesto.
Intérprete feliz de los donjuanes;
sultán de los sultanes
de los patios, harenes,
en donde tú, galán entre galanes
por turno amaste a cada concubina:
¡Ay!, sus noches en círculo, sartenes
quema la inquisición de la cocina,
panderos de carbón por concordancia,
para que baile, en partes, tu arrogancia.
Afeitado el colgante que se plisa
como concha de púrpuras plurales
al pie de tu garganta
bajo tu canto, guía de corrales;
depuesta tu soberbia, que se pisa
y tropieza en andando de ser tanta,
sobre la porcelana de los platos;
adán, sin tus ornatos
como un triunfo en tu cola surtidores:
¡Tú!, a quien avergonzaban las mejores
vestiduras, desnudo,
dejas frío al corral y al día viudo.
Ya no alzarás tu mano de espolones,
colmillos cabriteros,
para con tu rival, los dos saltones,
batir tus ambiciones
de rey galante de los gallineros.
Ya tu amor caballista,
en el instante de las sucesiones,
a la potra imprevista,
como por lujo y gala,
no abrirá arcos de triunfo con el ala,
mientras, segundo sexo, clava el pico
sobre el lugar en amarantos rico.
Tríllos de pluma y parvas cantadoras,
américas de bulla a tu conquista,
ya no darás, ni escolta a sus puestas.
¡Sin pronóstico quedan las auroras
y sin esposo un clavelar de crestas!
Galán, tus arrebatos de claveles,
en corros de manteles
y cristales me espera;
tu vanidad guerrera,
tu cadáver tenorio,
así como el conducto anunciatorio
as luces, en roldes de madera,
mientras tus plumas van, arcos sin tino.
sus flechas disparando a tu destino.
EL ÁRBOL
Árbol que, como el hombre, te alimentas de lodo,
pero que alzas al cielo los brazos retorcidos
y apretado a tus ramas mantienes alto todo
lo que amas: hojas nuevas, botones, flores, nidos.
Quiero tu paz severa, tu fe en orar en vano,
tu esperar cuando emigran, que las aves regresen;
tu silencio más hondo que mi cantar humano
y tu ardor por cubrirte de flores, que fenecen...
Tú te bastas: tú creas la flor que lleva un germen
que en cualquier tiempo sano perpetuará tu ser;
el hombre, tras de angustias de amores que le enfermen,
pondrá en su estirpe oscuras influencias de mujer.
Árbol, tu sombra a todos protege; tu perfume
por el amor del viento se puede disfrutar;
pero el hombre en sus ansias de darse, se consume
por ofrecer un bien que no puede formar...
Buscándolo, recorre los valles; su destino
oscuro le hace ser eterno vagabundo,
y tú, inmovilizado junto a cualquier camino,
le dices que encontraste tu sitio en este mundo.