SETENTA BALCONES Y NINGUNA FLOR
Setenta balcones hay en esta casa.
Setenta balcones y ninguna flor...
A sus habitantes, Señor, ¿qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?
La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?
¿Ninguno desea ver tras los cristales
Una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?
Si no aman las plantas, no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor...
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá un clave.
¡Setenta balcones y ninguna flor!
LA ARAÑA
Entre las hojas de laurel, marchitas,
de la corona vieja,
que en lo alto de mi lecho suspendida
un triunfo, no alcanzado, me recuerda,
una araña ha formado
su lóbrega vivienda
con hilos tembladores
más blandos que la seda,
donde aguarda las moscas
haciendo centinela,
a las moscas incautas
que allí prisión encuentran,
y que la araña chupa
con ansiedad suprema.
He querido matarla:
mas... imposible! Al verla
con sus patas peludas
y su cabeza negra,
la compasión invade
mi corazón, y aquella
criatura vil, entonces,
como si comprendiera
mi pensamiento, avanza
sin temor, se me acerca
como queriendo darme
las gracias y se aleja
después a su escondite
desde el cual me contempla.
Bien sabe la odio
por lo horrible y perversa;
y que me alegraría
si la encontrase muerta;
mas ya de mí no huye,
ni ante mis ojos tiembla;
un leal enemigo
quizá me juzga y piensa
al ver que la ventaja
es mía, por la fuerza,
que no extinguiré nunca
su mísera existencia!
En los días amargos
en que gimo, y las quejas
de mis labios se escapan
en forma de blasfemias,
alzo los tristes ojos
a mi corona vieja
y encuentro allí la araña,
la misma araña fea
con sus patas peludas
y su cabeza negra,
como oyendo las frases
que en mi boca aletean!
En las noches sombrías,
cuando todas mis penas
como negros vampiros
sobre mi lecho vuelan,
cuando el insomnio pinta
las moradas ojeras
y las rojizas manchas
en mi faz macilenta,
me parece que baja
la araña de su celda,
y camina... y camina...
y camina sin tregua
por mi semblante mustio
hasta que el alba llega.
¿Es compasiva? ¿es mala?
¿indiferente? -Vela
mi sueño, y, cuando escribo,
silenciosa me observa.
¿Me compadece acaso?
¿de mi dolor se alegra?
Dime quién eres, ¡monstruo!
¿En tu cuerpo se alberga
Un espíritu? -Dime:
¿es el alma de aquella
mujer que me persigue,
todavía, aunque muerta?
¿La que mató mi dicha
y me inundó en tristezas?
Dime: ¿acaso dejaste
la vibradora selva,
donde enredar solías
tus plateadas hebras,
en las oscuras ramas
de las frondosas ceibas,
por venir a mi alcoba,
en el misterio envuelta,
como una envidia muda,
como una viva mueca?
Te hablo y tú nada dices,
te hablo y no me contestas.
¡Aparta, monstruo, huye
otra vez a tu celda!
Quizá mañana mismo,
cuando en mi lecho muera,
cuando la ardiente sangre
se cuaje entre mis venas
y mis ojos se enturbien,
tú, alimaña siniestra,
bajarás silenciosa
y en mi oscura melena
formarás otro asilo,
formarás otra tela
sólo por perseguirme
hasta en la misma huesa!
¡Qué importa!... nos odiamos,
pero escucha: no temas,
no temas por tu vida,
¡es tuya toda, entera!
¡Jamás romperé el hilo
de tu muda existencia!
Sigue viviendo, sigue,
Pero... ¡oculta en tu cueva!
¡No salgas! ¡No me mires!
No escuches más mis quejas,
ni me muestres tus patas,
¡ni tu cabeza negra!....
Sigue viviendo, sigue,
inmunda compañera,
entre las hojas de laurel, marchitas,
de la corona vieja,
que en lo alto de mi lecho suspendida,
¡un triunfo, no alcanzado, me recuerda!
BUSCADORES DE ORQUÍDEAS
Tác... tác... tác... grita el hacha en la espesura,
tác... tác... tác... sin cesar repite el eco;
y se ahonda en el roble la cisura
mortal, al golpe despiadado y seco
del hacha reluciente y homicida,
que va agrandando, con su filo, el hueco
de la espantosa y perfumada herida.
Y el roble, lentamente se destronca;
parece un arpa inmensa... pero muda,
entre cuyos bordones la voz ronca
del aquilón, huirá despavorida
sin encontrar la resistencia ruda
de la vibrante ramazón tupida...
porque el árbol que muere, ¡se desnuda!
Ante la furia del postrer mandoble
del viejo "buscador" de faz curtida,
rueda como un titán el alto roble,
desgarrando el verdor de la maraña
hosca y espesa, en su brutal caída.
Y produciendo un lúgubre redoble
que atruena el corazón de la montaña
por el soplo del viento sacudida,
a tierra viene como frágil caña,
aquel gigante secular... ¡sin vida!
La fiera hirsuta asombrase en la sombra.
Salta el ciervo veloz, ante el aciago
Conflicto, y, de la grama por la alfombra,
huye el reptil ante el ruidoso estrago.
Las aves, en innúmeras bandadas,
tienden, medrosas, su tremante vuelo;
y, sesgando hacia el bosque sus miradas,
se pierden en los ámbitos del cielo.
Con sus ya rotos e impotentes brazos
en todas direcciones extendidos,
el gran muerto reposa en la hojarasca,
preso de los bejucos en los lazos.
El, que no supo luchar con la borrasca,
y de los huracanes los bramidos
oyó, y sintió los fieros aletazos,
¡yace por fin con su millón de nidos,
Inmóvil, sobre el suelo, hecho pedazos!
Y por la formidable cortadura
que el abrió el hacha innoble y asesina,
llora su irreparable desventura
con odorantes gotas de resina.
¡En tanto, como un fúnebre lamento
Preñado de nostálgicas congojas,
un largo de profundis canta el viento
entre los cortinajes de las hojas!
Clava, del muerto aquel en los escombros,
el buscador, triunfante, sus pupilas;
y, con esmero y pulcritud, le arranca,
ya de la prominencia de los hombros,
ya de la cavidad de las axilas,
la orquídea roja o amarilla o blanca.
¡Pobres flores! Mañana en la europea
corte, engalanarán regios salones;
y doblarán sus tallos doloridos,
no a los destellos de la luz febea,
sino al fulgor de eléctricos hachones...
¡Ellas... Las confidentes de los nidos!
¡Pobres flores!... ¡por ellas el frondoso
roble cayó, bajo su propio peso,
a los golpes del hacha del curioso
buscador de parásitas!... Por eso
perdió su nido el trinador alado,
y el gajo predilecto y sigiloso,
en donde el néctar de su dulce beso
daba al alegre compañero amado,
bajo el abrigo del follaje espeso.
¡El gran roble, somnífero y verdacho,
ya no más erguirá sobre los otros
árboles de la selva su penacho!
¡Ni oirá el trotar de los salvajes potros!
¡Ni escuchará el rugir de la pantera,
que, al gozar las caricias de su macho,
sintió morir su corazón de fiera!
¡Ya nunca más bamboleará, borracho
de esencias infinitas, su alta copa;
ni sentirá en su tronco los auxilios
de la terrestre savia... ni la tropa
alada ira a cantarle sus idilios!
¡No más el sol, que alumbra con su tea
el universo, dorará sus frondas;
ni la brisa que canta y juguetea,
lo mecerá en la hamaca de sus ondas!
¡Ni nunca más bajo la noche bruna,
del mirlo escuchará la serenata;
ni ya sus hojas volverá la luna
a bañar con sus lágrimas de plata!
¡Ahora, el viejo roble, desquiciado,
se pudrirá... se pudrirá en su lecho
de húmeda lama y de agresivo helecho!
¡Oh, qué triste está ahí... todo encorvado!
¡El, tan altivo siempre y tan derecho!
¡Oh, que mustio está ahí... todo maltrecho!
¡El, el sultán del bosque, destronado!
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Y, ¡oh padre!... pensé en ti: roble fornido
del huerto de mi amor! ¡columna recia
del templo del hogar! -¡Hogar: iglesia
única y verdadera... santo nido!-
¡Bajo el fragante lienzo del sudario,
Que te envuelve, también, padre querido,
Duermes como ese roble centenario
bajo el musgo balsámico y tupido!
¡Pensé en ti, Muerte... que tan presto acudes!
Pues que tornaste en míseras pavesas
a aquel patriarca de ojos apacibles,
por robarle y robarnos sus virtudes;
bondad, amor, ternura... Todas esas
parásitas del alma, inmarcesibles.
Y con odio implacable... pero noble,
contemplé al rudo buscador de aquellas
orquídeas melancólicas y bellas...
Me incliné sobre el tronco del gran roble:
¡besé sus flores y lloré por ellas!
EL CÓNDOR VIEJO
A Rafael Pombo
En una roca de la sierra umbría
vive un cóndor ya viejo y desplumado,
que contempla la bóveda vacía
con tan honda y tenaz melancolía
cual si estuviera allí petrificado.
Ya no puede volar y cuando empieza
la blanca nube a coronar la altura,
envidioso la mira, y con tristeza
inclina taciturno la cabeza
sobre su roca inconmovible y dura.
Sirve de escarnio a los demás cóndores
que anidan en las cumbres de granito,
y que, del hondo espacio triunfadores,
bañan su cuello en mares de colores
al desgarrar la aurora el infinito.
En la noche, en los hondos agujeros
de su peñón, donde las brisas suaves
se refugian, él sueña cosas graves:
ya, que eleva en el aire a los corderos,
ya, que agarra en las nubes a las aves.
Mas se mira las alas compungido
y no halla en ellas ni siquiera rastro
de aquel tiempo en que hubiera hasta podido
colgar su enorme y silencioso nido
de las rubias pestañas de los astros;
cuando al lanzarse en inauditos vuelos
rozaba con el arco de sus plumas
los bruñidos cristales de los hielos,
al hundirse en el polvo de las brumas
bajo el zafiro inmenso de los cielos;
cuando, el rugir del rey de los titanes,
el hondo mar que eterna rabia alienta,
llegaba a los ignívomos volcanes
por sentir estertores de tormenta
y escuchar aleteos de huracanes;
cuando ávido de luz, a ambientes puros,
del Sol siguiendo el luminoso paso.
desde los altos peñascales duros
iba a alumbrar sus ojos verdioscuros
en los rojos incendios del ocaso...
..................................................................
Yo conozco un poeta desplumado
como el cóndor aquél, cuya presencia
es un mísero escombro del pasado.
¡Ya no puede volar! Hoy vive atado
a la roca fatal de la impotencia.
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Eso pensé de ti; mas hoy que he visto
que tú, viejo cóndor, con rudo aliento,
subes aún rasgando el firmamento,
me espanto de mi error y me contristo,
presa del más atroz remordimiento.
El mismo eres de ayer. La artera bala
que cierto cazador disparó un día
contra ti, no logró romperte el ala;
no eres momia ambulante todavía;
¡tu espíritu inmortal vigor exhala!
Perdóname, poeta, si atrevido
quise herirte también; fúlgidos rastros
nos dejas al volar; ¡no estás vencido!
¡Puedes aún colgar tu enorme nido
de las rubias pestañas de los astros!
EL PASTO
Salgo un momento a limpiar la fuente de la dehesa;
sólo me detendré a sacar las hojas con el rastrillo
( y tal vez espere para contemplar el agua limpia ).
No voy a demorarme mucho. Venga usted también.
Salgo a buscar el ternerito
que está parado junto a la madre. Es tan chico
que se tambalea cuando ella lo lame.
No voy a demorarme mucho. Venga usted también.
UN PAJARO MENOR
He deseado que un pájaro se fuera volando
en vez de cantar junto a mi casa, todo el día.
Le he batido palmas desde la puerta
cuando me pareció que ya no aguantaba más.
La culpa en parte debe haber sido mía.
No era culpa del pájaro su tono musical.
Y por supuesto debe haber algo de malo
en lo de querer silenciar cualquier canción.
POLVO DE NIEVE
El modo en que un cuervo
sacudió sobre mí
el polvo de nieve
desde un abeto
le ha infundido a mi corazón
un nuevo ánimo,
salvando una parte
de un día de pesar.