EL AMOR DE LAS SELVAS
Yo apenas quiero ser humilde araña,
que en torno tuyo su hilazón tejiera;
y que, como explorando una montaña,
se enredase en tu misma cabellera.
Yo quiero ser gusano: hacer encaje;
dar mi capullo a las dentadas ruedas;
y, así, poder, en la prisión de un traje,
sentirte palpitar bajo mis sedas...
Y yo quiero también, cuando se exhala
toda esta fiebre que mi amor expande,
ir recorriendo la salvaje escala,
desde lo más pequeño a lo más grande.
Yo quiero ser un árbol: darte sombra;
con mis ramas en flor hacerte abrigo;
y, con mis hojas secas, una alfombra,
donde te echaras a soñar conmigo...
Yo soy bosque sin trocha: abre el sendero!
Yo soy astro sin luz: prende la tea!
Cóndor, boa, jaguar, yo apenas quiero
ser lo que quieres tú que por ti sea!
Yo quiero ser un cóndor: hacer gala
de apricionar un rayo entre mi pico;
y, así, soberbio..., regalarte un ala,
para que te hagas della un abanico.
Yo quiero ser boa: en mis membrudos
lazos ceñirte la gentil cintura;
envolver las pulseras de mis nudos;
y morirme, oprimiendo tu hermosura...
Yo quiero ser jaguar de tus montañas;
y arrastrarte a mi propia madriguera.
Para poder abrirte las entrañas...
y ver si tienes corazón siquiera!
LA MAGNOLIA
En el bosque, de aromas y de música lleno,
La magnolia florece delicada y ligera,
cual vellón que en las zarzas enredado estuviera
o cual copo de espuma sobre lago sereno.
Es una ánfora digna de un artífice heleno,
un marmóreo prodigio de la Clásica Era;
y destaca su fina redondea a manera
de una dama que luce descotado su seno.
No se sabe si es perla, ni se sabe si es llanto.
Hay entre ella y la Luna cierta historia de encanto
en la que una paloma pierde acaso la vida;
porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve
como un rayo de Luna que se cuaja en la nieve
o como una paloma que se queda dormida...
LAS ORQUÍDEAS
Ánforas de cristal, airosas galas
de enigmáticas formas sorprendentes,
diademas propias de apolíneas frentes,
adornos dignos de fastuosas salas
En los nudos de un tronco hacen escalas,
y ensortijan sus tallos de serpientes,
hasta quedar en la altitud pendientes,
a manera de pájaros sin alas.
Tristes como cabezas pensativas,
brotan ellas, sin torpes ligaduras
de tirana raíz, libres y altivas;
porque también, con lo mezquino en guerra,
quieren vivir, como las almas puras,
sin un solo contacto con la tierra.
ESMERALDAS Y MARIPOSAS
(Minas de Mazo, en Colombia)
Sobre el criadero de esmeraldas finas
verdes mariposas giran en bandadas:
¿polvo de alas verdes cuájase en las minas
o Ias mariposas son piedras aladas?
El revoloteo de las mariposas,
en aéreo triunfo de verdes guirnaldas,
urde un laberinto de alas luminosas:
¿son los fuegos fatuos de las esmeraldas?
Mariposas leves de alas verdeantes,
que en círculos locos relucen inquietas,
hojas son que piden sienes de bacantes,
o abanicos que urgen manos de coquetas...
¡Oh esmeraldas frescas y primaverales!
Esta es sonriente retoño que brota;
ésta es verde estrella de húmedos cristales;
ésta es mar que lucha dentro de una gota...
Lucha de oleajes, triunfo de guirnaldas...
¡Oh los verdes ojos de aguas misteriosas,
que cuando se aduermen fingen esmeraldas
y, cuando se avivan se hacen mariposa!...
EL SUEÑO DEL CAIMÁN
Enorme tronco que arrastró la ola,
yace el caimán varado en la ribera;
espinazo de abrupta cordillera,
fauces de abismo y formidable cola.
El sol lo envuelve en fúlgida aureola,
y parece lucir cota y cimera,
cual monstruo de metal que reverbera
y que el reverberar se tornasola.
inmóvil como un ídolo sagrado,
ceñido en mallas de compacto acero,
está ante el agua extático y sombrío,
a manera de un príncipe encantado
que vive eternamente prisionero
en el palacio de cristal de un río.
LOS CABALLOS DE LOS CONQUISTADORES
Los caballos eran fuertes!
Los caballos eran ágiles!
sus pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales...
Los caballos eran fuertes!
Los caballos eran ágiles!
No! no han sido los guerreros solamente
de corazas y penachos y tizonas y estandartes,
los que hicieron la conquista
de las selvas y los Andes
los caballos andaluces, cuyos nervios
tienen chispas de la raza voladora de los árabes,
estamparon sus gloriosas herraduras
en los secos pedregales
en los húmedos pantanos,
en los ríos resonantes,
en las nieves silenciosas,
en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles.
Los caballos eran fuertes!
Los caballos eran ágiles!
Un caballo fue el primero,
en los tórridos manglares,
cuando el grupo de Balboa caminaba,
despertando las dormidas soledades,
que de pronto dio el aviso
del Pacífico Océano, porque ráfagas de aire
al olfato le trajeron
las salinas humedades;
y el caballo de Quezada, que en la cumbre
se detuvo, viendo, al fonde de los valles,
el fuetazo de un torrente
como el gesto de una cólera salvaje
saludó con un relincho
la sabana interminable...
Y bajó con fácil trote,
los peldaños de los Andes,
cual por unas milenarias escaleras
que crujían bajo el golpe de los cascos musicales...
Los caballos eran fuertes!
Los caballos eran ágiles!
Y aquél de ancho tórax,
que la testa pone en alto, cual queriendo ser más grande,
en que Hernán Cortés un día,
caballero sobre estribos rutilantes,
desde México hasta Honduras,
mide leguas y semanas entre rodas y boscajes?
Es más digno de lauros,
que los potros que galopan en los cánticos triunfales
con que Píndaro celebra las olímpicas dispustas
entre el vuelo de los carros y la fuga de los aires!
Y es más digno todavía
de las Odas inmortales,
el caballo con que Soto diestramente
y tejiendo sus cabriolas como él sabe,
causa asombro, pone espanto, roba fuerzas
y, entre el coro de los indios, sin que nadie
haga un gesto de reproche, llega el trono de Atahualpa
y salpica con espumas las insignias imperiales...
Los caballos eran fuertes!
Los caballos eran ágiles!
El caballo del beduino
que se traga soledades;
el caballo milagroso de San Jorge,
que tritura con sus cascos los dragones infernales;
el de César en las Galias;
el de Aníbal en lo Alpes;
el centauro de las clásicas leyendas,
mitad potro, mitad hombre, que galopa sin cansarse
y que sueña sin dormirse
y que flecha los luceros y que corre más que el aire;
todos tienen menos alma,
menos fuerza, menos sangre,
que los épicos caballos andaluces
en las tierras de la Atlántica salvaje,
soportando las fatigas,
las espuelas y las hambres,
bajo el peso de las férreas armaduras
y entre el fleco de los anchos estandartes,
cual desfiles de heroísmos coronados
con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante...
En mitad de los fragores
decisivos del combate,
los caballos con sus pechos
arrollaban a los indios y seguían adelante;
y, así, a veces, a los gritos de Santiago!
entre el humo y el fulgor de los metales,
se veía que pasaba como un sueño,
el caballo del apóstol a galope por los aires...
Los caballos eran fuertes!
Los caballos eran ágiles!
Se diría una epopeya de caballos singulares
que a manera de hipogrifos desalados,
o cual río que se cuelga de los Andes,
llegan todos, sudorosos,
empolvados, jadeantes,
de unas tierras nunca vistas
a otras tierras conquistables.
Y, de súbito, espantados por un cuerno
que se hincha con soplidos de huracanes,
dan nerviosos un relincho tan profundo
que parece quisiera perpetuarse...
Y en las pampas sin confines,
van las tristes lejanías, y remontan las edades,
y se sienten atraídos por los nuevos horizontes,
se aglomeran, piafan, soplan... y se pierden al escape:
detrás de ellos una nube,
que es la nube de la gloria, se levanta por los aires...
Los caballos eran fuertes!
Los caballos eran ágiles!
LAS VICUÑAS
Vicuñas fugitivas de alada ligereza
hacia la nieve corren a reflejar sus sombras,
como si las guiaran instintos de pureza
y sus pies delicados reclamaran alfombras.
Retadora la testa con pueril arrogancia
y angustiosa la curva del extenuado cuello,
las vicuñas parecen estar en su elegancia
dotadas del inútil sentido de lo bello.
Mantos que fueron pieles de cien vicuñas blondas,
en el cofre aromático, esperaban que el turno
les llegara –hace siglos- de envolver en sus ondas
el desdeñoso gesto del Inca taciturno.
En la vieja Toledo, tras de Pizarro, un día,
las vicuñas hollaron el imperial recinto;
y por su lomo, a veces, la mano todavía
se ve, acariciadora, pasar de Carlos Quinto.
Tal son por signo heráldico, hechas a las alturas,
a las melancolías y a las serenidades:
aman las cumbres frías, aman las nieves puras,
aman las lejanías, aman las soledades...
Noblemente repulsan las cargas desdorosas...
Las hermanas mayores –siempre pulcras y finas-
cargadas se ven, como con jazmines o rosas,
apenas con la plata o el oro de las minas.
En vez de los gibosos camellos del Oriente
merecen las vicuñas cruzar los Cuentos de Hadas,
cargando arcas repletas de pedrería hirviente,
con un orgullo como de reinas encantadas...
¿No serán las vicuñas princesas o vestales
que , en el pitagorismo de las reencarnaciones,
en sus venas mantienen fuegos sacerdotales
o rumian añoranzas de danzas y canciones?
Con un afán que intensas nostalgias acrisola
en la estéril demanda de un ambiente propicio,
irguiéndola, disponen la testa a la aureola,
y, alargándolo, ofrecen el cuello al sacrificio...
Pulidas y sedeñas, románticas y leves,
en un galope lleno de agilidad y gracia,
huyendo hacia el reposo de las perpetuas nieves,
refugian en las cumbres su esquiva aristocracia.
No en vano, deshaciendo sus ondas en sonrisas,
la piel de las vicuñas dio, en épocas mejores,
alfombras a las plantas de las Sacerdotisas
y mantos a los hombres de los Emperadores.
ALCATRACES
Entre los azules del Mar y del Cielo,
puntos suspensivos ponen las aves a lo lejos.
Los fuertes Alcatraces... Una flota mágica
que navega en el Viento,
con remos pausados
y quillas de hueso.
Hermandad viajera
improvisada en el cielo.
Sociedad ejemplar
de tácitos acuerdos.
Un Orden espontáneo, una Letra Mayúscula
que un poeta adopta e incluye en un Verso.
Pescadores graves,
incansables Viajeros,
van improvisando Hermandades y Puertos:
la roca ignorada, la discutida estrella,
la boya olvidada de algún marinero.
Entre dos azules, indecisas,
puntos suspensivos ponen las aves a lo lejos.
ARAÑA MUSA
(La araña es mejor Musa que la Luna:
Porque tiene vida)
PALMA
Palma cosmopolita.
Altiva en la playa; esbelta en el pantano,
soberbia en la prisión de una maceta.
Bosque de palmeras extrovertidas.
Soledad de palmera hermitaña.
Palma frugal.
Tu cintura está hecha a dieta de sol, de viento y de agua.
Tienes vocación de monja
e insomne esperas consolar a los náufragos.
Palmera ornamental de la avenida urbana.
Palma real. Es tu penacho
una estrella verde de 12 puntas.
Palma.
Tu mazorca es un puñetazo de flores
rojas, blancas, naranjas,
Palma guerrera. Chonta.
De tu armario extraigo lanzas, cerbatanas,
para defender la pureza del viento
y atacar la corrupción del agua.
Palma hospitalaria.
Prestidigitadora, extraes de tu manga,
bastón, sombrero, estera, una canasta.
De tu despensa tomo el huevo vegetal del dátil.
De tu costurero quiero botones de tagua.
Soy el monje refractario arrodillado ante el paisaje,
que tiene las estrellas por campanas.
(En el rústico copón de un coco
comulgo la hostia de tu carne inmaculada
y ofrendo el licor salobre de tu bodega soleada).
Palma
De tu nuez óptima extraeré el jabón fragante
que lave la gota de sangre que llevo en la solapa